EL DEBATE DE LA TÁCTICA

EL DEBATE DE LA TÁCTICA

Releyendo el libro “Carlos Holguín y el debate de la táctica”, escrito por mi amigo Gonzalo España, historiador, novelista y una autoridad en el tema de las guerras civiles del siglo XIX, encontré esta idea: el líder conservador, Carlos Holguín, ante una situación concreta del acontecer nacional, definió una salida táctica para salvar la República y a su partido el Conservador, consistente en aliarse con un representante del partido enemigo, el Liberal. Enemistad política que era, literalmente hablando, a muerte. Las otras alternativas tácticas que se ventilaban en el partido conservador iban desde el alzamiento bélico contra los radicales hasta la inmovilidad política. Carlos Holguín acertó en su táctica: sin entregar los principios tutelares, salvó a su partido y a la república.

Hay miles de casos en la historia universal sobre movimientos tácticos geniales, particularmente porque nadaron contra la corriente o se enfrentaron al simplismo. Recordemos a Churchill, adalid de las ideas liberales, y su alianza con Stalin, encarnación del totalitarismo comunista. Ambos coincidían temporalmente en un propósito: derrotar al régimen nazi, principal amenaza para la existencia de las naciones que dirigían respectivamente: Gran Bretaña y Rusia.

Hay definidos unos principios generales, brillantemente construidos por el expresidente Uribe, y que nosotros llamamos, genéricamente, uribismo. Son postulados y tesis que comparten la gran mayoría de los colombianos. Lo que falta por definir, o apenas se ha ido definiendo hasta el momento, es, precisamente, la Táctica, así, con mayúscula. Cada una de las batallas por librar debe tener su táctica, que se define de acuerdo a las condiciones concretas. Cosa distinta a las convicciones. Me refiero a asuntos como la “estrategia electoral”, que si lista cerrada al senado encabezada por Uribe; que si acuerdos regionales con otros partidos; que los nombres de los candidatos; que la creación de un nuevo movimiento; que la táctica para enfrentar la “política de paz” de Santos, etcétera.

La táctica por naturaleza es flexible y debe ser definida de acuerdo al “análisis concreto de la situación concreta”. La táctica debe ser discutida en los ejércitos, los partidos, los movimientos.

Ellos dan por sentados los principios que los mueven, pero nunca dan por sentada la táctica para cada movimiento o para cada batalla. En lo primero hay inamovibles, en lo segundo nada es inamovible.    

Sabida la estrategia, conocidos los principios, la táctica se discute dando por sentado que existe y que hay consenso sobre esa estrategia. Cada que se hable de táctica, no puede haber un eterno debate de principios. Sobre la táctica nunca hay contradicciones antagónicas. Basta ver las grandes hazañas de la historia: enfrentaron el debate táctico con mente abierta y con el ánimo de acertar. Imponer una táctica fundada en el inmovilismo de los “puros”, en la intransigencia, es el camino seguro al desastre.

Las grandes dificultades son la madre de las grandes y originales soluciones tácticas. El paso de los Alpes por Aníbal; el de Bolívar por Pisba; la campaña de Italia por Napoleón… El análisis de la correlación de fuerzas puede indicar que lo adecuado es retroceder y no dar la batalla o cambiar la ruta de ataque o la presentación del discurso. Claro que hay casos, y ojalá sean los menos, en que “toque echarse a la piscina sin agua”, en hacer una “retirada hacia delante”.

No pueden trasladarse mecánicamente las soluciones tácticas de una época a la otra. Lo que sirvió en el 2002 puede que no sirva en el 2014, aunque los principios sean los mismos. Todo ha cambiado en la correlación de fuerzas del Estado frente al terrorismo; pero nada ha cambiado en la definición uribista del problema del terrorismo. La realidad de cada fuerza ha cambiado y eso es lo que debemos analizar sin sectarismos y con el mejor ánimo de acertar.

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