El hombre colombiano

El hombre colombiano

El hombre colombiano no puede confundir la paloma blanca con el gallinazo de la cofradía del luto redentor.

El hombre colombiano sufre hoy una epidemia de no futuro cierto, es decir, del incierto devenir. Aunque digan algunos encuestadores que los colombianos somos felices, y lo somos a pesar de lo dicho, nuestra felicidad relativa está anclada a que no vivimos bajo una dictadura y ni bajo la sombra de chamanes de altiplanicies. Esa es una esencia que defendemos con la vida. Por eso, porque la vida actual que percibimos está cambiando de diseño y de expectativa es que sufrimos de esperanza a medias y de optimismo requisado, secuestrado por la fuerza  del establecimiento, de una clase política en el poder que nos pinta un camino extraño, lleno de minas antipopulares  y antidemocracia.

El hombre nuestro de cada día trabaja para vivir y vive para servir a su familia, a su entorno ciudadano, a su patria. El trabajo de los millones de personas en cuya cédula o tarjeta donde está su nombre, su ciudad y fecha de apertura al mundo, nos ha permitido llegar al siglo XXI con un buen grado de libertades y satisfacciones. Hay pobres, pero no hambruna. Hay dificultades, pero no asaltamos la casa de los hermanos.

Tenemos por la libertad el mayor amor y la afirmativa existencia de nuestro ser. Ojalá el Himno de Antioquia fuera conocido por todos los colombianos para reafirmar este pilar fundamental, sin pretender suplantar el canto nacional del júbilo inmortal que nos causa dormir bajo el estrellado cielo de los Llanos Orientales, del lomo de la región andina, de las sabanas sensuales de la costa toda, de la magia verde que se clava en la pacífica orilla.

Corren vientos de desasosiego. El hombre colombiano está  cierto de sus instituciones, por débiles que sean el carácter y la eficacia de sus administradores. Si no fuera por la sabiduría discutible de sus jueces y la valentía de sus soldados, la desconfianza y el pantano de anarcos nos tragarían como arena movediza. Si no fuera por la perseverancia en el saber de los profesionales y de los científicos, el embrujamiento de la demagogia populista hubiera triunfado y arrasado con las clases medias y populares.

Corren vientos de tierra prometida bajo la concupiscencia de los falsos profetas que hablan de un nuevo país sin que caigan las caretas de la ofensa y del dolor acumulado. Un futuro de concordia no será posible sin reconocimiento de los delitos, sin la expresión del arrepentimiento que deriven en perdón y reconciliación.

El hombre, el ciudadano colombiano sufre por la niebla espesa que cubre su ventana, su balcón. ¿Dónde impondrán su trueno de fuego las armas que no quieren entregar los enemigos del estado? ¿A quiénes les aplicarán su justicia revolucionaria prevalidos de ser las víctimas victoriosas orladas de una verdad vengadora?

El hombre colombiano no puede confundir la paloma blanca con el gallinazo de la cofradía del luto redentor. Pero la palabra del mercachifle que vende baratijas del incierto futuro lo invita a conceder lo inconcedible: su amor por la patria y su convicción por la libertad. Ser colombiano de verdad, es un honor que cuesta.

Nota: las lectoras de este artículo deberán comprender que la palabra “hombre” es incluyente como humanos. Las mujeres colombianas sufren probablemente más porque son madres o compañeras.

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