El odio como motor del conflicto

El odio como motor del conflicto

La justicia es la clave para que no haya repetición y para que no florezca la venganza. De lo contrario venganza y repetición servirán de fuente para una nueva guerra.

Los clásicos del comunismo marxista, mediante la escuela filosófica del materialismo dialéctico, descubrieron que la contradicción entre proletarios y  capitalistas se resolvía aplicando la eliminación del contrario. Para que funcionara esa eliminación era necesario que los miembros del partido o de la organización que los agrupa (un sindicato, la guerrilla, una asociación, una cooperativa agraria, etc.) odiaran al enemigo de clase. Solo el odio podía engendrar fanáticos capaces de fusilar, dinamitar puentes o embajadas, secuestrar, asaltar bancos, expulsar familias enteras de sus predios, amenazar con anónimos y otros delitos “políticos”.

En las universidades colombianas de los años sesenta era pan diario este tipo de formación política. Por eso muchos profesionales del derecho y otras ciencias sociales, que hoy tienen cargos en el aparato judicial u otras dependencias del estado, actúan bajo esos parámetros de manera consciente o inconsciente. Por supuesto que las víctimas reales o probables de este odio responden primero asustadas por el miedo que luego se convierte  en odio. Podría decirse que desde este enfoque nace el dualismo maniqueo: los buenos a un lado y los malos en el otro, cada cual con su mirada justificadora de su ubicación. Como también la dupla de clasificación derecha e izquierda, tiene mucho de esta visión, aunque políticamente deviene de otro análisis y actuación social.

El odio y el amor habitan al hombre como el bien y el mal. ¿Quién define qué es lo bueno y qué es lo malo? La sociedad, la comunidad y el grado de desarrollo del estado marcan con la ley y las costumbres los linderos para poder vivir lo más cercano a la fraternidad mediante el respeto por los derechos y la aplicación de los deberes. Pero eso no cura a la humanidad de los odios que todavía encienden guerras por el fanatismo que se alimenta en las religiones, las razas, los nacionalismos, la lucha de clases sociales. Esta última es la expresión del odio surgido del marxismo leninismo y que observamos en fenómenos políticos cercanos como en Venezuela o en carne propia como con las Farc y el Eln.

Los cristianos consideran que el odio se puede vencer con el amor. Y ello es predicable y posible. No obstante hemos visto al frente de una guerrilla a sacerdotes católicos que invirtieron los términos para alcanzar, no la “justicia social”, sino un recóndito deseo de martirio y beatificación.  Pero debemos fortalecer al estado para que los efectos reales del odio, como los delitos atrás enumerados, sean castigados mediante la ley. Solo el estado democrático puede ponerle coto, a sabiendas de que para delinquir no se necesita siempre odiar.

Para que un proceso de paz llegue a alguna parte aceptable y positiva, quien ha creado con su odio un largo camino de sangre y sufrimiento, debe reconocer públicamente sus errores, sus delitos y pedir perdón a sus innumerables víctimas. Este paso ha de conducir  a la reconciliación, a la necesaria concordia. Es piedra angular de la justicia. La justicia es la clave para que no haya repetición y para que no florezca la venganza. De lo contrario venganza y repetición servirán de fuente para una nueva guerra.

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