Sigue el show de La Habana

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La nueva ronda de las conversaciones en Cuba se inicia en medio de un ambiente enrarecido.

Además de la falta de resultados y de la presión del calendario electoral sobre los diálogos, que es consecuencia del error de haberlos iniciado en vísperas de un año preelectoral, hay hechos nuevos cuyo impacto es innegable.
Quizás el que mayor incidencia tiene es el fallido proyecto del presidente Santos de buscar su reelección por dos años más.

No obstante que la fuerte reacción de muchos colombianos contra esa iniciativa obligó al Jefe del Estado a meterla en el congelador, es imposible cerrar los ojos frente a sus consecuencias.

Una de ellas es que nadie cree que no se hizo para tratar de abrir un espacio de tiempo adicional al funcionamiento de la mesa en Cuba, ante la imposibilidad de llegar a acuerdos en lo que resta del año en curso.
Otra consiste en la creencia de que la presentó para ganarse el apoyo de los alcaldes en ejercicio a sus aspiraciones, complaciéndolos con el respaldo a la ampliación de sus períodos.

Y un gran número de observadores creen que el Presidente dio ese paso para obstaculizar el proyecto de Centro Democrático, que aspira a una importante representación en el legislativo y a elegir Presidente en el 2014.
Como si fuera poco, en una de las habituales declaraciones que hacen desde la isla, los delegados de las Farc dijeron otra vez que están de acuerdo con la continuidad de los diálogos más no con la reelección del Presidente.

A su turno, el doctor Humberto De la Calle pidió resultados en las negociaciones y siguió insistiendo en que no se envenene el lenguaje, dejando de lado que los torpedos a ese proceso provienen del terrorismo y la falta real de voluntad de paz de las Farc y no de las críticas de los sectores democráticas.

En fin, los hechos impiden abrigar alguna esperanza realista de que las cosas salgan bien, en virtud, como ha sido usual en nuestra historia, de la actitud de ese grupo violento.

Ellos siguen manifestando tener un objetivo distinto al del gobierno, actúan con una agenda que, en la práctica, va más allá de los cinco puntos que pregonan con tanto orgullo los delegados oficiales, los tiempos de uno y otro son completamente distintos y la visión sobre la estructura de las negociaciones difiere sustancialmente.

De otro lado, la afirmación de que no pasarán un solo día en la cárcel sigue pesando como una carga imposible de soportar sobre los hombros del presidente Santos, a la luz de las obligaciones internacionales del Estado colombiano en materia de lucha contra la impunidad.

En este aspecto no puede haber dudas. Esos deberes acaba de recordarlos la delegación de la oficina del fiscal de la corte penal internacional, que nos visitó recientemente.

Además lo ha hecho, también, la organización de las Naciones Unidas, como acaba de suceder en Ginebra en el marco del consejo de derechos humanos.

En el entretanto, el escepticismo de los colombianos sobre el posible éxito de las conversaciones crece, al igual que el rechazo a que se le den concesiones jurídicas y políticas a los eventuales desmovilizados de las Farc.

Esta es la realidad hoy. Por lo tanto, resulta claro que el obstáculo es el terrorismo y la carencia de real decisión de las Farc en favor de la paz.

Siendo así las cosas, el gobierno debe tener claro que el verdadero enemigo de sus empeños es otro.

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