El fantasma de la opereta

El fantasma de la opereta

El país seguirá pagando el precio de la incertidumbre y los actores adelante con la opereta. Mientras la gente se divierte en la función, renuncia a la protesta por los finales ridículos. Así son las operetas.

Ninguno de los dos podía pararse de la mesa. Para el Gobierno sería el más estruendoso de los fracasos. Y para las Farc, el regreso a Venezuela, con lo caras y escasas que están las arepas, o al monte, con tanto zancudo, con tanta leishmaniasis y tanto avión indiscreto volando con toneladas de bombas en el vientre. Mucho mejor los viejos campos de golf de Batista, con regia comida y diligentes mucamas que laven la ropa y encimen la deliciosa comida caribeña regada con mojitos. De modo que a quedarse llaman, Sancho. Y los demás, a callar.

El problema se limitaba, entonces, al acuerdo que habrían de suscribir para embolatar ingenuos y descrestar calentanos. Así que lo mejor era no firmar nada, pero simular que lo hacían. Pueblo tan bobo como este se tragaría de un solo bocado la impostura y los concertantes saldrían gananciosos.

Rugió la tierra, se oscureció el cielo, soplaron los vientos y la montaña parió un ratón. O mejor, de la montaña, a falta de ratones salió un simpático fantasmita que nada dice, pero que tampoco niega nada. Y en esas, buscando al fantasma, andamos. Debemos confesar que tuvimos cierta expectativa. Sobre la cuestión de la tierra podían decirse muchas cosas, con carga histórica tan vieja como la que el tema trae, por lo menos desde 1936. Y con las que los mamertos han puesto en boca de las Farc, para explicar tantos crímenes, tantos vejámenes, tantas atrocidades que han cometido con el pretexto tramposo de que son luchadores por la tierra.

No era tarea fácil la de explicar por qué se roban los hijos de los campesinos en el más repulsivo reclutamiento; por qué vuelven pedazos con cilindros bomba las aldeas construidas con tanta lucha; por qué llenan los campos de minas para destrozar las piernas del labriego, del niño, del anciano o de la mujercita laboriosa; por qué secuestran al que tuvo éxito y por qué obligan a todos a la servidumbre cocalera. Empresa monstruosa, como los crímenes cometidos en 50 años de tragedia.

¡Y sorpresas que da la vida! El Gobierno que en tres años no ha hecho nada por el campo y los delincuentes que en 50 se han dedicado a depredarlo están perfectamente de acuerdo entre ellos y con todo el mundo. Que faltan vías de comunicación, que son necesarias el agua potable y la comida abundante, imprescindible la asistencia técnica, importantísimos los títulos de propiedad, ineludible reparar los despojos cometidos, urgentísimo defender la selva amenazada, irrenunciable la educación de los niños y la salud de todos. Descubrimientos asombrosos que apuntan a recordar que gran parte de esas desventuras provienen del costo implícito de soportar los bandidos que han infestado las tierras de Colombia.

Muy al estilo en uso, quedó pendiente la receta para resolver la lista de los males conocidos, que repite sin tartamudear el peor estudiante de geografía de cuarto elemental. Cuánto vale la cuestión, cuántos años tomará resolverla, con cuáles recursos, empezando por dónde, siguiendo por dónde, con cuáles metas, con cuáles técnicas, esos son asuntos menores. Lo sustantivo es que ambas partes consiguieron lo suyo, seguir discutiendo tonterías, mientras anuncian históricos acercamientos, conquistas fabulosas, inagotables dorados.

Claro que dejan los charladores su arsenal de reserva, aquello de que nada está acordado, mientras algo quede por acordar. Lo que quiere decir que el país seguirá pagando el precio de la incertidumbre y los actores adelante con la opereta. Mientras la gente se divierte en la función, renuncia a la protesta por los finales ridículos. Así son las operetas. Y si duran años, ¿por qué ha de preocupar el desenlace?

El Tiempo, Bogotá, mayo 30 de 2013.

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