Poeta: ¿en qué quedamos?

Poeta: ¿en qué quedamos?

Mil razones para la tarjeta roja a las Farc. Pero el árbitro la mostró y la guardó. ¿En qué quedamos, poeta?

Barba Jacob nos tuvo que prestar el título para esta columna, como ya lo habrá notado el querido lector. Porque después de repasar lo que Santos ha dicho de las Farc a propósito de la famosa mesa de negociaciones, y lo que las Farc le han hecho a Santos en la mesa y por fuera, no encontrábamos por dónde arrimarnos al asunto. Por eso, gracias, poeta. No viene tema fácil. Pero cuando menos le tenemos nombre.

El pasado viernes 21 de junio, el Presidente dijo que había tarjeta roja para las Farc. Respiramos una bocanada de aire fresco, porque salíamos de la pesadilla. Pero con don Juan Manuel nunca se sabe. Y esta vez no fue la excepción. Porque para él la tarjeta roja no es lo que para todo el mundo vale, la expulsión de la cancha del jugador perverso, violento, inaguantable. Es otra cosa, que tampoco nos explica en qué consiste. Aunque nos dio otras puntadas, que confluían al mismo estuario. Será bueno recordarlas.

Que cumplan su palabra y jueguen limpio, fueron expresiones que adornaron la fulminante tarjeta roja. Y nos parece que eso era tanto como motivar la tarjeta, lo que no hacen los buenos árbitros, que las sacan o las economizan, pero no las explican. Pero, suponiendo que lo hagan, nos parecen suficientes esas demoledoras expresiones. Salvo que en el juego de póquer, o en la mesa en que Santos juega póquer, se entiendan de otro modo las cosas, uno pensaría que si a alguien se le pide que no falte a su palabra y que juegue limpio, se le está diciendo, como en los casinos, que ya “no va más”. Con un jugador tramposo, que es el que no juega limpio, y perjuro, que es el que falta a su palabra, uno no sigue sentado a la mesa. Alguno de los dos se para de ella, y el que lanza esas imprecaciones es porque está listo a lo que venga. Es decir, a botar de la mesa al perverso o a romper las cartas y largarse.

Pero nada pasa. Y no porque Santos pueda alegar que fue víctima de un frenesí injustificado de indignación, o preso de una rabieta momentánea. Porque semejantes extremos, la tarjeta roja y las injurias complementarias, traían sus justificantes y aditivos, como también pasamos a observar.

La furia de Santos se desató cuando las Farc pidieron una asamblea constituyente, en la que se revisara todo el orden político del país. Era demasiado. Invitar a unos bandidos derrotados a conversaciones tan solemnes ya era un extremo de indulgencia. Pero que los huéspedes exijan que se examine la casa donde les dan alojo para destruirla y levantar otra, la que a su comodidad convenga, resulta excesivo, hasta para un hombre tan elástico como Juan Manuel Santos.

La reacción del Presidente también tuvo origen en otra declaración brutal de aquellos a los que él llama “plenipotenciarios” de la contraparte. Porque se han atrevido a decir que andan prestos a la paz, pero que, después de firmada, seguirán con las armas en la mano. Por mucho menos habría que mandarlos a freír espárragos. No se recuerda el caso de un vencedor que tolere armado al vencido después del armisticio. Mucho menos tratándose de un enemigo interno, dispuesto como se supone a aceptar las reglas y condiciones del juego vigente.

Las Farc se comprometieron, en el documento con el que se abrió esta opereta, a respetar el temario que en sus párrafos se contenía. Ampliarlo con asuntos de tan grave entidad supone tirar las fichas al piso y volcar el tablero. Nuevo motivo para que Santos no pudiera contener su indignación. Y ensartar un imposible con otro, como el de destituir por indignos a los jueces de la República y exigir que Colombia denuncie todos los tratados internacionales que incomoden, es intolerable. Mil razones para la tarjeta roja. Pero el árbitro la mostró y la guardó. ¿En qué quedamos, poeta?

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