Las elecciones del 2014: Una oportunidad histórica

Las elecciones del 2014: Una oportunidad histórica

Las elecciones parlamentarias y presidenciales del próximo año se llevarán a cabo en una coyuntura excepcional de la historia política del país.

La Colombia donde predominaba el tradicional bipartidismo liberal-conservador empieza a ser una cuestión del pasado. Los sucesos económicos, sociales y políticos que tuvieron lugar en la recién primera década del presente siglo conformaron el caldo de cultivo de un reordenamiento que está emergiendo y que, seguramente, tardará algunos años en perfilar los elementos estructurantes y esenciales de un nuevo panorama político.

Sin embargo ya se pueden identificar los rasgos que caracterizan a, por lo menos, tres tendencias significativas.

La primera, bajo la influencia de una élite ilustrada pero decadente cuya cabeza visible, temporalmente, es el Presidente Juan Manuel Santos se soporta sobre dos maniobras cortoplacistas: 1) Unas negociaciones de paz con las FARC que buscan, por parte del gobierno, firmar cualquier cosa, una simple carta de intención que la guerrilla está dispuesta a firmar sin que tenga que entregar las armas, pero que le sirva a Santos para proyectar ante la opinión pública la ilusión de ser el hombre de la paz. 2) El trámite en el Congreso de una ley que le permita a los partidos de la coalición de gobierno ir a las elecciones parlamentarias dentro de una misma lista sin que cada grupo pierda su personería jurídica y así poder superar el terror que les provoca el umbral del tres por ciento. Ya no será la “operación avispa” sino el avispero por dentro.

Esta tendencia recoge a la fauna más diversa de la política, manzanillos de todos los pelambres, clientelistas untados de mermelada hasta el cogote, compra-votos para mantener sus feudos podridos, tecnócratas y politiqueros que no piensan ni se comprometen con las necesidades del país sino que sólo piensan en llenar los bolsillos sin fondo de sus intereses personales o de grupo. Son los agenciadores de esa idea de la política que el país cuestiona y rechaza, son los responsables dinero de los impuestos de todos los colombianos. Esta es la tendencia de la deslealtad, de la traición, que busca engañar nuevamente a los colombianos.

La segunda tendencia es una colcha de retazos integrada por un universo de pequeños matices en donde están desde liberales despistados hasta simpatizantes de las FARC. Todos convencidos que poseen la fórmula mágica de las soluciones que tanto espera el país. Sus prejuicios ideológicos les impiden concretar procesos de convergencia, desconfían unos de otros y es muy seguro que terminen presentándose con dos o tres candidatos presidenciales. Incapaces de concretar procesos unitarios están presos de concepciones políticas y programáticas obsoletas que no logran armonizar y mucho menos interpretar los sentimientos, angustias y necesidades de los colombianos del siglo XXI.

La tercera es la tendencia de la consolidación institucional de la democracia colombiana. Orientada por Álvaro Uribe, líder de indiscutible trascendencia histórica, esta tendencia se empieza a aglutinar en el llamado Centro Democrático. Por primera vez en la conflictiva historia de nuestro país contamos con un líder, un cuerpo de doctrina y una inmensa mayoría de colombianos decididos a definir un norte claro que integre a todos los ciudadanos en unas reglas del juego, en una institucionalidad democrática que devuelva la confianza, el equilibrio, la tranquilidad y la seguridad como valor supremo al que aspira todo ser humano.

Las elecciones del 2014 constituyen la oportunidad para erradicar los vicios y las prácticas dañinas de una clase política indolente que siempre se ha servido del poder y ha abusado de la ciudadanía. Será la oportunidad para reformar el poder legislativo, el poder jurisdiccional y buena parte del poder ejecutivo. Será la oportunidad para delinear la Colombia del futuro, más productiva, más equitativa, menos desigual, profundamente democrática y respetuosa de unas instituciones aceptadas y queridas por todos. Será el monopolio legítimo de la fuerza como garantía y al servicio de todos y no de unos pocos.

Bajo la dirección de Álvaro Uribe el Centro Democrático impulsará un proceso profundo de reordenamiento económico, social y político, articulado por una institucionalidad incluyente, moderna, participativa y democrática. Esa democracia esquiva que después de 200 años no llega, todavía, a la totalidad de los hermanos colombianos.

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