CRÓNICA DE UN SECUESTRO

CRÓNICA DE UN SECUESTRO

Testimonio: Secuestro de las Farc en plena capital del País.

Michael Ramírez, estudiante de derecho de la Corporación Universitaria Republicana de Bogotá, vivió las 8 horas más dramáticas de su vida, al llegar por equivocación a un campamento de la Farc en las montañas de Usme en Bogotá.

Era el 1 de enero de2013 cuando Michael Ramírez acaba de celebrar el fin de año junto a la familia de su ex esposa Yaneth Millán. Terminaban de hacer un asado y emprendían una caminata ecológica por los cerros de Usme sin saber qué minutos más tarde, terminarían siendo víctimas de secuestro por parte de una cuadrilla de las Farc.

“Decidimos tomar rumbo hacia las montañas en busca de una quebrada, que nos decían los lugareños desembocaba en un pequeño arroyo. Comenzamos a subir a eso de las 11: 30 am. Íbamos mi cuñado, su esposa, mi ex esposa y yo. De repente mi cuñado que era periodista recibió una llamada para ir a cubrir una noticia y se tuvo que  devolver con su esposa. Mi mujer y yo estábamos muy animados y decidimos seguir adelante. Hacia el medio día llegamos a la cumbre de la montaña, y aun no habíamos visto la famosa quebrada”. Recuerda nervioso Michael.

Exhaustos observaron que en la cima de la montaña había una casa vieja y descuidada. El lugar no tenia puertas y las ventanas estaban sin vidrios; de la casa  salían y entraban ovejas de aspecto harapiento como si nadie las cuidase.

Michael se acercó buscando a algún residente que pudiera darle indicaciones de la quebrada o les señalara un camino más fácil para bajar de la montaña. Al acercarse encontró que dentro de la casa había solamente un viejo escritorio, galones y cuerdas. Michael siguió gritando preguntando quien vivía allí, y al atravesar el dintel de la puerta pudo observar una zanja gigantesca en el centro de la casa de la cual salieron dos campesinos que lo invitaron a seguir.

Michael sorprendido por lo inusual de la situación -jamás había visto una zanja de esas dimensiones dentro de una casa y menos que dentro reposaran personas- apenas articuló palabra:

-Háganme un favor señores, estoy con mi familia de paseo, y buscamos una quebrada que nos recomendaron por aquí.

Visiblemente alterado, Michael relata cómo los supuestos campesinos, le invitaron a seguir y de un momento a otro se quitaron las ruanas y uno de ellos le apuntó con un fusil en el pecho, mientras el otro sacaba una pistola pequeña y se la hundía en la espalda.

-¿Quién es Ud.? ¿De dónde viene? ¿Qué vino a hacer? ¿Lo mando el paisa?

Fueron preguntas que al principio ni siquiera entendía Michael estupefacto ante los hechos, preguntas que habrían de repetirle los oscuros personajes, hora tras hora durante toda esa fatídica tarde que duró su secuestro.

A la esposa de Michaella obligaron a entrar en la casa en medio de desgarradores gritos, los hicieron arrodillar y les aseguraron que los matarían si no confesaban quien los había mandado.“Me tocó inventar que yo era un mensajero de una miscelánea donde hacían tarjetas de presentación, y que mi esposa era una vendedora ambulante de arroz con leche.” Nos interrogaron muchas horas y siempre nos preguntaban lo mismo.” Recuerda Michael.

Por ese entonces,casualmente la esposa de Michael trabajaba con el Ministerio de Defensa en un hogar de paso para desmovilizados de grupos irregulares. “Gracias a Dios ese día mi ex mujer no llevaba ningún carnet que la identificara como trabajadora del ministerio y estaba tan asustada que ni siquiera podía hablar.” Añade Michael.

“Trajeron un caballo que no era ensillado, nos vendaron los ojosy nos acomodaron sobre el caballo. Nos agarramos fuerte del cuello del caballo y comencé a sentir que descendíamos de la montaña por un camino muy accidentado. Luegode un trayecto de aproximadamente media hora, nos bajaron del caballo y nos hicieron arrodillar nuevamente. Se escuchaba mucho revuelo a nuestro alrededor. Nos quitaron la venda, nos amarraron las manos y nos comenzaron a requisar, finalmente se llevaron nuestras cedulas y celulares.”

“A nuestro alrededor había muchos jóvenes armados con fusiles y vestidos de camuflado; algunos tenían brazaletes que decían FARC-EP; todos se veían muy jóvenes. Habían tres camiones de estacas y en frente de nosotros había una pequeña casa desvencijada.”

Cuenta Michael como desde la casa salían gritos como de un fuerte altercado: “Estos Hijueputas [sic] nos van a hacer algo, tenemos que cuidarnos, hay que darle bala a estos hijueputas [sic]”, gritaba una voz masculina desde dentro de la casa.

“Luego salió una jovencita de la casa; una muchacha de no más de 16 años, muy bonita, que le daba órdenes a los otros guerrilleros, era como una comandante o algo así. Ella comenzó a presionarnos, a intimidarnos, a preguntarnos una y otra vez que por qué estábamos ahí, qué de dónde veníamos, qué quiénes éramos…”

-“Yo sé que usted son enviados del paisa, siempre viene gente por aquí a hacerse la guevona, y vienen es a hacernos inteligencia”. Nos gritaba la comandante guerrillera.”

“Yo sólo le decía a mi mujer oremos, confiemos en Dios. Tranquila, no nos va a pasar nada.”

“Luego regresó un guerrillero con nuestras cedulas y celulares. Traía un radio teléfono, dijo algo al oído de la comandante y la muchacha mando llamar dos guerrilleros y les dijo que nos botaran en la montaña otra vez. Mi mujer seguía llorando y gritando, y yo lo único que hacía era darle explicaciones a la guerrillera, le pedía disculpas, le trataba de hacer entender que sólo estaba de paseo, que no había sido mi intención molestar a nadie. Estaba muerto del susto.”

“Dos guerrilleros nos volvieron a tapar los ojos, nos subieron nuevamente al caballo, y nos trasladaron por espacio de unos minutos. Cuando nos quitaron el trapo de la cara, estábamos como en una especie de trocha que se curvaba, nos desamarraron y uno de ellos me gritó que saliéramos a correr y que no miráramos hacia atrás, o nos rellenaban de plomo. Cogí de la mano a mi esposa y salí a correr despavorido. Corrí y corrí y corrí, sin mirar hacia atrás como por 15 minutos, hasta que llegue a una especie de carretera. Ahí ya comencé a ver casas y negocios, pero me aterrorizó ver guerrilleros a la entrada de algunas tiendas. Seguí caminando y vi otro guerrillero departiendo en un asado que se estaba haciendo en la calle. No sé qué caserío era ese, pero estaba cundido [sic] de guerrilleros.”

“Caminamos casi una hora hasta que me sentí seguro y llamé de un teléfono público a un amigo para que por favor viniera urgente a recogernos; fue una espera tortuosa y aterrorizante. Cuando logró llegar mi amigo y me recogió, sentí como si me volviera el alma al cuerpo; pero cuando comenzamos a conducir huyendo de aquel caserío, al cabo de 10 minutos me aterrorizó evidenciar que estaba entrando rápidamente a la zona urbana de Usme y veía barrios en los que yo antes había estado, me parecía inverosímil lo que me había acabado de suceder estando tan cerca de barrios que yo ya conocía y me parecían seguros.”

Michael Ramírez desde entonces jamás regreso a Usme. Tiempo después se divorcio de su esposa, y ante el escepticismo de las personas a las que les contaba lo sucedido que no podían creer que la guerrilla tuviera reductos en Bogotá, optó por guardar silencio sobre  lo que sucedió aquella tarde. Hasta el día de hoy que decidió contarnos su historia, según él, esperanzado en que “las cosas cambiaran, ahora que el ex Presidente Uribe regresa a la política.”

 

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