García Márquez: un legado escindido

García Márquez: un legado escindido

Los grandes literatos no han sido ajenos a la política ni a las ideologías. En sus relatos expresan a menudo sus vivencias con respecto a los regímenes políticos que sufrieron o que defendieron. No son seres angelicales. Como los demás seres humanos, y como seres inteligentes y críticos, poseedores, además, del don de escribir pinceladas sobre las experiencias de las sociedades y los hombres, sobre las pasiones, las creencias y la cultura, piensan, opinan y hasta llegan a militar en causas.

Entre los novelistas, y eso no debe ser motivo de sorpresa, hay de todas las tendencias ideológicas y de todos los matices del espectro político. De derecha a izquierda, de incrédulos a religiosos, de demócratas a totalitarios.

No han escapado a la burda tendencia de quienes los valoran o desprecian según según su ubicación en esos terrenos en los que no siempre son diestros o acertados.

Por eso es inadmisible, desde siempre, que a la hora de su deceso se les someta al escarnio público, al cadalso o al paredón. Aunque es imposible escindir la vida y la obra de un literato en partes absolutamente separadas, el público lector goza, disfruta y reflexiona sobre una u otra faceta sin dejarse arrastrar por fatalismos deterministas.

No es justo que habiendo sufrido en vida la persecución de gobiernos autoritarios y dictatoriales los escritores deban someterse a la lupa inquisitorial de críticos, intelectuales y hasta políticos que, situados en cómodas posiciones, se ensañan sobre los escritores según la posición política que tuvieron en vida.

Ser anticomunista como Kundera o Solshenitzin o Gao Xing Jan no demerita la calidad estética y ética de sus relatos. En Latinoamérica tenemos la situación de algunos novelistas que hicieron tránsito de la izquierda a la derecha o que habiendo apoyado al gobierno de Fidel Castro en sus inicios se alejaron de él y se convirtieron en opositores radicales de los abusos de la dictadura castrista. No obstante han cultivado lectores y admiradores en todas las gamas del espectro político por la elevada calidad de sus obras. Ahí están, por ejemplo, Vargas Llosa, Paz y Borges, universales de las letras. Neruda, miembro del partido comunista chileno, ganó el nobel de literatura y con seguridad no se lo otorgaron por su militancia y tiene admiradores de su obra en personas opuestas al izquierdismo.

García Márquez, no obstante el reconocimiento que se le brinda en todas las latitudes y culturas, el más grande de todos los colombianos de todas las épocas, en sentido positivo, no escapa a los análisis que se hacen y se harán con motivo de su actitud favorable a la dictadura castrista y a su amistad con el dictador Fidel Castro. Pero, gracias a su posición política, que no trascendió como su obra literaria, puesto que no fue gobernante ni líder o activista en grupos de izquierda ni un ideólogo, estará siempre al escrutinio y al juicio crítico por las posturas que asumió.

Yo no sabría explicar con buenos términos porqué es posible que figuras como Vargas Llosa y García Márquez son capaces de llegar a personas disímiles, tan diferentes, incluso a aquellas que no simpatizan con su credo político.

Que se piense y se escriba con sentido crítico sobre la vida pública y política de Gabriel García Márquez no debe escandalizarnos. Es lo que ha ocurrido con muchos literatos, vivos y muertos. El caso es que su vida por haber sido lo que fueron, por su fama bien ganada, siempre dará motivos para que se hable de ellos. Lo que carece de presentación es que dirigentes de cierto rango en la política y la cultura se despachen contra el fenecido García Márquez golpeando su prestigio de escritor echándole en cara su posición política y su participación en algunas acciones. Proceden como ciertos intelectuales y militantes de izquierda que se han ensañado contra Octavio Paz o Mario Vargas Llosa.

En lo que a mí respecta, no dejaré de admirar a este hombre prodigioso no solo porque con sus obras literarias puso el nombre de nuestro país muy en alto, sino, y sobre todo, por haber creado ese universo imaginario con el que nos retrató. En mi adolescencia leí con disfrute sus relatos y a medida que iba publicando sus novelas y cuentos mi admiración por el literato se consolidó. Preferí no darle mucha atención a su cercanía con la dictadura cubana. Él no sobresalió por eso y creo que la lucha ideológica hay que librarla es contra los Castro y su modelo fracasado y contra los intelectuales que les brindan sustento teórico.

He recomendado la lectura de sus obras a mis estudiantes en mis cursos y a familiares y amigos. Pienso que todos los amantes de la buena literatura podemos ponernos de acuerdo, al menos, en escindir la obra literaria respecto de su actitud política, sin necesidad de que le tapemos la boca a quienes quieren poner el énfasis en otras facetas de su vida. Unos diremos de él que como político era un gran novelista y como novelista era un fiasco político. Otros pensarán que en ambos campos fue grande. Lo que será inevitable es la polémica en torno a su vida.

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