UN DIÁLOGO…EN EL INFIERNO

UN DIÁLOGO…EN EL INFIERNO

Maurice Joly fue un escritor y abogado francés, un rebelde con causa, eterno opositor a Napoleón III (sobrino del Bonaparte). Si bien se consideraba un revolucionario, rechazó sin atenuantes el pensamiento comunista. Esta nota quiere hacer referencia a su obra capital,  un clásico de la teoría política escrito hace 150 años, en 1864, pero que luce más vigente que nunca: “Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.” Su autor buscaba satirizar y denunciar al gobierno del ya mencionado Napoleón III (sobre quien Karl Marx, por cierto, escribió uno de sus mejores libros, “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”). Como es costumbre en estos casos, el autócrata reaccionó con ira, y puso preso a Joly por “incitación al odio y menosprecio al gobierno.” De existir la reencarnación, ya sabemos de dónde podrían venir algunos de los actuales mandarines jurídicos al servicio del régimen venezolano, para quienes la ley no es más que fuerza codificada.

En el Diálogo somos testigos del encuentro de dos autores absolutamente adversos  en cuanto a sus visiones de la política, del poder y del gobierno. Vagando por el desierto infernal, Maquiavelo se encuentra con Montesquieu. En sucesivos intercambios verbales, el italiano se dedicará a desmontar los falsos optimismos del constitucionalista francés acerca del futuro de las democracias que, en tiempos de Joly, comenzaban el camino de ampliación de los derechos ciudadanos, de la división de poderes, del descubrimiento de consideraciones sociales junto a las inevitables búsquedas de riqueza económica ante el evidente desarrollo del capitalismo industrial. Con su libro, nuestro autor demostrará ser mejor profeta que Nostradamus o, como afirma Fernando Savater, que el propio Karl Marx.

De esta obra, conozco dos versiones en español: la que tengo, de El Aleph editores, Barcelona, con un prólogo muy recomendable de Fernando Savater (y cuyo título lo dice todo: “Del Exterminio Democrático de la Democracia”); y otra que se consigue en Google, en formato pdf, colocando simplemente en el buscador el nombre del autor y el título de la obra. Esta segunda posee también un prólogo muy estimable, de Jean FrancoisRevel.

La pregunta esencial que buscan responder nuestros dos filósofos inquilinos del Averno es: ¿Cuál será la mejor forma de gobierno para un país: aquella en la cual el Estado de derecho tenga una profunda raíz dentro de la administración, o bien una forma de gobierno despótica, unilateral, en la que sólo tenga cabida la opinión de un único actor político –el caudillo, el autócrata, el tirano-?

El diálogo se convierte en una escalofriante llamada de atención: nos descubre que es relativamente sencillo, si no se combaten y remedian las injusticias e inequidades, y gracias a los recursos de una voluntad de dominio, convertir una democracia liberal en un régimen autoritario sin necesidad de abolir las instituciones representativas y, lo que es peor, con el apoyo entusiasta del pueblo.

El Maquiavelo que nos dibuja Maurice Joly representa para Savater “la libido dominante, la pasión de mando…”. Dicha pulsión, según el filósofo español, se encarna perfectamente en Fidel Castro. Este Maquiavelo, sin preverlo, se convierte en el teórico de los modelos de destrucción de la democracia que se están desarrollando, especialmente en América Latina, gracias a las acciones del llamado socialismo del siglo XXI, mejor conocido como “chavo-castrismo”, o en el momento presente venezolano, “cabello-madurismo.” La supuesta democracia que se defiende y se auspicia, como hace hoy la OEA, es una institución desvirtuada, desprovista de todo valor moral o ético. Se desea en el fondo, según Revel,  “un cesarismo de levita, o, lo que es igual, con disfraz de teatro.” Una mezcla de democracia y dictadura, a la que se le puede aplicar el neologismo “democradura”.

Advierte Revel: “Lo que importa es la confiscación del poder, los métodos a seguir para que dicha confiscación sea tolerada (es decir, que pase inadvertida) por los ciudadanos.”

Joly hace que Maquiavelo aconseje al déspota moderno (recuérdese, estamos hablando originalmente de 1864 y, sin embargo, sus palabras están llenas de actualidad) que multiplique las declaraciones izquierdizantes sobre política exterior con objeto de ejercer más fácilmente la opresión en lo interno. Fingirse un progresista en el exterior, mientras en su país explota el miedo, el terror.

Montesquieu, para quien la ley deriva de la moral, le replicará a Maquiavelo, ¿cuál es la máxima de todo despotismo? “Perindeaccadaver”, disciplinado como un cadáver.

Continua el francés: “En vuestra boca no hay más que dos palabras: fuerza y astucia.”

“Admiráis a los grandes hombres, yo sólo admiro a las grandes instituciones. No son los hombres sino las instituciones las que aseguran el reino de la libertad y las buenas costumbres en los Estados. Creo que los pueblos, para ser felices, menos necesidad tienen de hombres geniales, que de hombres íntegros.”

Maquiavelo argumenta cómo haría para conquistar todo el poder: “no destruiré directamente las instituciones, sino que les aplicaré, una a una, un golpe de gracia imperceptible que desquiciará su mecanismo. De este modo iré golpeando por turno la organización judicial, el sufragio, la prensa, la libertad individual, la enseñanza.”

Joly/Maquiavelo le otorga un papel fundamental para el logro de este objetivo de destrucción de toda la institucionalidad democrática al control progresivo de los medios de comunicación social. Para el florentino, el despotismo nunca será abolido, sino simplemente refinado. Dice Maquiavelo: "¿Sabéis qué hará mi gobierno? Se hará periodista, será la encarnación del periodismo.” ¿Y qué nos dice de la policía? “El objetivo final es convertirla en una institución tan vasta, que en el corazón de mi reino la mitad de los hombres vigilará a la otra mitad.”

El lema del Maquiavelo dibujado por Joly es: “en política todo está permitido, siempre que se halaguen los prejuicios públicos y se conserve el respeto por las apariencias.”

Al final del diálogo, Montesquieu prácticamente se queda sin habla. Se da cuenta de que en la argumentación maquiavélica el aliado número uno del despotismo no es únicamente la astucia y engaño empleados por el tirano, sino la apatía política de una masa popular, que se deja manipular a cambio de beneficios y promesas materiales. ¿Lo anterior, amigo lector, no suena acaso harto conocido y vigente?

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