DEL PADRE DE UN SOLDADO AL CANDIDATO SANTOS

DEL PADRE DE UN SOLDADO AL CANDIDATO SANTOS

Para la infame publicidad política con que usted pretende ganar los votos de burgueses cobardes, no consultó la memoria de doña Simona Duque de Alzate, ni el parecer de centenares de miles de madres y padres de soldados que no hemos prestado hijos para la guerra, sino que llenos de orgullo los hemos entregado al servicio y la gloria de la Patria.

Desde luego que usted no sabe quién fue doña Simona, ni se lo vamos a enseñar ahora. Hay ignorancias invencibles y la suya, en materia de honor, de gloria, de Patria, es de este linaje.

Ningún día más emocionante en la vida, que aquel en que acompañamos a nuestros hijos a ponerse bajo banderas. Cuando los vimos marchar, todavía con sus vestidos de civil, mirando al aire la bandera de Colombia, por la que jurarían entregarlo todo, hasta la vida misma y cuando se perdieron de nuestra vista para entrar en la Escuela del Honor y la Dignidad del soldado, se nos salía el corazón del pecho. Sí. De orgullo porque Dios nos diera un hijo de ese temple.

Hambre y sueño. Disciplina y austeridad. Años de sacrificio para templar el alma como acero. Las órdenes que se cumplen, las jornadas en las aulas, los ejercicios sin número, hicieron de nuestros hijos hombres de verdad. Cuando terminaron su curso de contraguerrilla, no les cabía una ampolla en los pies, ni una herida en las manos, ni fue nunca tan pura y amplia su sonrisa de vencedores. Vino luego su grado. Qué hermosos marchaban a la muerte y a la gloria. Qué inmenso era su corazón. Qué grandes sus ilusiones. En esa ceremonia estremecedora le oímos decir a nuestra hija, despidiendo a su hermano, que ya sabía por qué Colombia no se había ido al diablo. Porque tenía héroes como éstos a pesar de tener tantos canallas que la amenazaban.

En la Misa, esos padres que usted desprecia elevamos al cielo la más encendida de las plegarias. Sabíamos que varios de esos muchachos nos dejarían para siempre el dolor de su ausencia y el premio de su recuerdo. Pero eran incontenibles en su devoción y en su ilusión.

Después de servir en las más rudas tareas, fueron llamados a lo que más estimaban. A su curso de lanceros. No para hacer piruetas vistosas para fotógrafos de ocasión. No. Era para someterse a semanas de rigor extremo, en que ese soldado llega a los confines de la resistencia física y mental, demostrando que puede tomar decisiones inteligentes. Y como premio, los destinos de más riesgo, las tareas más duras, los renunciamientos más severos. Y queda más para su orgullo. Ser Comandos. Meses de fatigas indecibles en la selva, en los desiertos, en los páramos helados, en el mar. Todo es poco. La Patria es más grande.

¡Aquellas noches sin noticias! Era que estaban en la selva persiguiendo a los bandidos con que usted planea en La Habana la entrega de Colombia. Los días, las semanas, los meses sin más agua que la de los ríos turbios, sin más compañía que la de gente como ellos y todas las alimañas del trópico, y sin más objetivo que la victoria.

La vuelta a casa. Aquellos abrazos inmensos, aquella alegría, que sabíamos prestada por Dios para unas horas. Y aquél orgullo de verlo sonreír victorioso y dolido. Algún compañero no volvería nunca a estar en su línea de combate. Lo habían metido en un cajón de madera con destino a “su lugar de origen”. Pero se llevaba el homenaje de un saludo marcial y de alguna lágrima cobarde que rodara por el rostro impasible de sus hermanos héroes. Seguirían sus huellas. Como siguieron las de mi Alférez Barrero, que usted, por supuesto no conoce. Y las de tantos otros.

Esta no es nuestra tragedia. Esta es nuestra porción de gloria. ¿Sabe usted lo que es eso? ¿Y sabe que si tuviéramos más hijos, como Doña Simona, también los acompañaríamos en su viaje hacia el altar sagrado de la Patria?

Terminando estas líneas sentimos que se nos quería escapar un insulto que valiera por respuesta a sus injurias. Pero no. Usted no vale la pena para eso. Apenas le pedimos a Dios que tenga compasión de su pobre alma.

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