El príncipe Carlos en “el mejor vividero del mundo”

El príncipe Carlos en “el mejor vividero del mundo”

El príncipe Carlos de Inglaterra y su amantísima esposa (en sentido literal), la nunca bien ponderada Camila Parker Bowles, más conocida en el mundo de la realeza como la Duquesa de Cornualles, que, dicho sea de paso, jamás será Reina, por circunstancias ya conocidas por todos, estuvieron de visita oficial en Colombia. Según los reportes de prensa, los ilustres huéspedes quedaron maravillados con el colorido y la exuberancia de nuestra naturaleza, encantados con la magia y la afabilidad del pueblo colombiano y, por supuesto, encontraron en la sazón de la cocina criolla sabores y olores que contrastan con las desabridas y monótonas recetas inglesas.

A su arribo a Bogotá, Carlos de Inglaterra y la Duquesa de Cornualles se sintieron como en Londres, por aquello de la lluvia y el frío. Una vez se puso en marcha la caravana real, el heredero al trono (si es que su madre lo permite), un tanto confundido, rememoró la Segunda Guerra Mundial, de la que Inglaterra fue protagonista de primera línea: las calles destruidas y el caos generalizado daban cuenta de una batalla campal. En la 26 había un trancón monumental, que no pudieron evadir, a pesar del esfuerzo de la escolta policial.

Mientras aguardaban con paciencia apostólica a que amainara el entuerto vial, el príncipe Carlos le preguntó a uno de los miembros de la representación consular de Inglaterra en Bogotá el porqué del desastre capitalino. El referido funcionario atinó a decirle que la ciudad venía bien hasta que cayó en manos de administraciones corruptas, ineptas e improvisadas. Carlos le dijo: “Supongo que esos políticos están en la cárcel entonces”. A lo que el interlocutor respondió: “Solo uno su majestad y después de 4 años no hay condena aún; otro funge de Ministro y el último permanece en el cargo de Alcalde, a pesar de todas las ilegalidades que ha cometido. Para él no hay ley.” “Oh my God!”, dijo Carlos. La canciller colombiana, que los acompañaba en el mismo vehículo, fue muy diplomática y se hizo la desentendida.

Cuando Carlos y Camila por fin pudieron llegar a los elegantes y costosos aposentos reservados para ellos, sintieron gran alivio. Apenas llevaban una hora en Bogotá y estaban agotados. Luego de una ducha caliente y la degustación de viandas locales, el Príncipe heredero (si es que su madre lo permite) prendió el televisor, dispuesto con su respectivo traductor. Eran las 7 de la noche y comenzaba el noticiero.

Estas fueron las noticias con las que el informativo tituló ese día:

1. Condenado el general retirado Jesús Armando Arias Cabrales a 35 años de prisión por la desaparición de varios guerrilleros en la retoma del Palacio de Justicia.

2. Las Farc dinamitan una estación de policía, un oleoducto y asesinan a 5 civiles, mientras los negociadores del gobierno en La Habana hablan del fin del conflicto.

3. Se conoce lista de correos de periodistas, al parecer interceptados por el Ejército. El alto mando militar lo niega; la Fiscalía lo señala.

4. Dos mujeres asesinadas por sus parejas, tres niños violados y una docena de muertes violentas en ciudades intermedias.

Carlos y Camila se miraron aterrados. No podían creer que en un solo día tantos hechos desafortunados pudieran tener ocasión. Y eso que solo vieron los titulares, porque se estresaron tanto que apagaron de súbito el aparato.

Quedaron tan impactados que no hubo faena, y varias veces en medio de la noche el sueño parecía sobresaltarse por pesadillas recurrentes.

A la mañana siguiente, en el desayuno, un príncipe Carlos ojeroso le pregunta al embajador inglés: “¿Cómo es que la guerrilla sigue asesinando si están en un proceso de paz?” “Eso fue lo que se acordó con el gobierno su majestad”, le informó el embajador. “¿Y por qué la Fiscalía se enfrenta con el Ejército, que defiende a los colombianos?”, preguntó el príncipe. “Eso es un misterio su majestad”, replicó el diplomático. “Tampoco entiendo cómo es que un General termina condenado por repeler un ataque terrorista”, dijo Carlos, asombrado. “No lo sé, señor”, dijo el embajador inglés. “¿Y todos los guerrilleros de ese grupo terrorista están muertos?”, inquirió Su Alteza, el Príncipe de Gales. “No, señor, de hecho uno de ellos, es alcalde de Bogotá,” contestó el diplomático británico. “Ahora entiendo todo,” exclamó horrorizado Carlos de Inglaterra.

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