Para los mamones y mentirosos no hay ley

Para los mamones y mentirosos no hay ley

Es un axioma que con cada declaración de los señores que ahora conversan en La Habana, el desconcierto y la fatiga del pueblo colombiano se aumenta.

Los unos dicen que deben entregar las armas y los terroristas manifiestan que eso no está dentro del espíritu de ellos y que por lo tanto no es motivo de negociación. En ocasiones el señor Santos afirma que la paz está a la vuelta de la esquina y la contraparte expresa que el tiempo de esta charada será inmensurable.

Aunque el Gobierno nunca, o por lo menos no me he enterado, ha tachado de mentirosos a los narcoterroristas, estos sí y con mucha frecuencia se refieren a las declaraciones emitidas por el Gobierno como mentirosas y alejadas de la realidad de lo que allí sucede.

El rifirrafe es la constante y el ambiente sórdido y pesado que se percibe entre bambalinas, es suficiente razón para que una de las partes o ambas decidan en un momento, que toda esa farsa es una pérdida de tiempo, dinero y esperanzas fallidas.

De hecho cualquier negociación requiere un mínimo de confianza y debe tener una meta última muy clara para las partes.

No creo posible, aunque con este Gobierno de la improvisación sí puede ser, que alguien se siente a una mesa a resolver una diferencia sin tener muy claro qué es lo que pretende.

Nosotros somos un estado de derecho, según nuestra Constitución y en ese orden de ideas existen reglas y normas que todos los ciudadanos debemos acatar y cumplir y por ende hay castigos para quienes de una u otra forma las vulneren. Esto es simple y claro: por cada delito o infracción hay una sanción proporcional.

Para los fines de mayor importancia hay herramientas para flexibilizar esas condiciones pero, esa flexibilización, no puede permitir la impunidad total y a su vez, otorgar premios a los infractores y más cuando estos han llegado a extremos de barbarie, como los sobrepasados por estos terroristas.

Esta es una premisa clara que debe haber motivado a quienes hoy están sentados en esa mesa en nombre de unos pocos colombianos defendiendo los intereses nacionales. Si llegaron allí sin un plan y a la espera de entender qué es lo que los otros quieren y con base en eso decidir los objetivos y lo que al final del día buscan acordar, estamos ante una muestra total de improvisación e ignorancia.

Los hechos muestran que desde un inicio no hubo definiciones claras del objeto de esas tediosas, kilométricas e inicuas reuniones y que el avance se circunscribe a que por ahora decidieron seguir conversando a ver qué sale de las mismas, nos estamos enfrentando a una larga noche de atentados, o recrudecimiento de las acciones de terror por parte de estos criminales.

Después de más de dos años hay muestras de desconfianza tan manifiestas que en ocasiones el común de la gente se debe preguntar: ¿Cómo es posible que esas charlas hayan durado tanto para estar como al principio?.

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