Presunta carta a un honorable magistrado

Presunta carta a un honorable magistrado

Desde hace un tiempo considero, con dolor, que lo que peor anda en este país es la justicia.

Señor magistrado: ante todo, un presunto y respetuoso saludo como su altísima investidura lo exige. Y digo presunto, porque nuestro país debería llamarse Presuntocombia, porque aquí todo es presunto. Yo veo a un “tipo” violar y asesinar a mi mamá y a mi hermana en mi casa, pero no lo puedo llamar asesino mientras la justicia no lo decida; si una justicia comprada lo declara no culpable o inocente, eso querría decir que mi mamá y mi hermana están vivas, aunque ya estén re-que-te-podridas bajo tierra. Y si insisto en llamarlo asesino el que puede ir a la cárcel soy yo. ¡Bellezas de la justicia!

El caso de su hijo y el suyo son presuntos; el problema es que quien debe dirimirlo es la justicia, y usted, honorable señor, representa la máxima instancia de la justicia en este país. ¡Estamos fregados!

Su caso me hizo recordar lo que ocurrió en julio, estando yo en España. El hijo de una de las altas gobernantas fue sorprendido borracho conduciendo su coche. Llegó inmediatamente la madre y se lo arrebató a la policía. Toda España quedó estupefacta y furiosa. “El poder para qué”, decía Echandía.

Si los dos jóvenes estaban “haciendo el amor”, que es lo que se desprende de lo que se dice, entonces no estaban haciendo actos obscenos. En esto la policía está equivocada. Si ello fuera obsceno, todos hemos nacido de obscenidades. No era un acto obsceno, sino un acto indebido en público; estaban en el lugar equivocado. Por cierto, debe ser muy incómodo hacer el amor en un carro o en su baúl, habiendo camas y moteles; mejor hubieran utilizado la casa del honorable magistrado o la de la novia. ¿No alcanza el sueldo del magistrado para pagarle motelito a su hijito?

Si estaban haciendo verdaderos “actos obscenos”, como dice el informe policial, entonces no quiero ni imaginar qué clase de aberraciones impresionantes estarían cometiendo. La Luciérnaga y otros medios radiales e impresos sugieren que usted, magistrado, debe presentar excusas al país o, mejor, renunciar.

“Nuestros hombres de gobierno –dice Fortebraccio– no solamente no saben gobernar, sino que ni siquiera saben avergonzarse de ello”.

Nunca en mi vida creí, y menos ahora, en la decencia del Senado y de la Cámara (con escasas excepciones). El Ejecutivo tampoco me ha infundido plena confianza porque abusa del poder. Pero siempre creí en la majestad de la justicia y en su incorruptibilidad, especialmente en el caso de los altos jueces. Pero desde hace un tiempo considero, con dolor, que lo que peor anda en este país es la justicia. Señor magistrado, a raíz del caso de su hijo, ya se oye por todas partes hablar de la Corte Suprema de Injusticia.

Hasta que la justicia (¿usted?) no decida, todo es presunto. Mientras tanto, le aconsejo que lea los más de 1.000 comentarios que los lectores hicieron en EL TIEMPO sobre su caso. Ni uno solo lo defiende a usted; todos lo atacan y algunos con términos tan ofensivos, que fueron censurados.

¿Qué les dice a usted y a sus colegas de la justicia este espontáneo ‘plebiscito’ de los colombianos? Piénselo, no diga ahora que todos estamos equivocados y usted no. Los colombianos estamos ya furiosos y desesperados por tanta corrupción y todo se puede esperar de un pueblo humillado, estafado y burlado.

Y ya para terminar, Honorable señor, quiero decirle que lo admiro como padre amoroso; no lo admiro, todo lo contrario, como abogado y juez incorrupto que debería ser y compadezco a Colombia por muchos de los jueces que tenemos.

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