Aquí, matándonos como siempre

Aquí, matándonos como siempre

En Colombia se mata por robar, por defenderse del robo, por una ofensa, por mostrar poder.

Busquen las noticias de los últimos años y verán que aquí se mata porque sí y porque no. Por una mirada, por una palabra, por un prejuicio, por una broma, por un reloj, por una caja de chicles. Porque tu perro se defecó en mi jardín, porque mi gato dañó tu cornisa, porque las hojas de tu almendro ensuciaron mi patio, porque el volumen de mi música perturbó tu sueño.

Se mata por una discusión política, se mata por cualquier desacuerdo tonto. Como decían los sicarios de los años 90, se mata por ver caer al finado.

Un muchacho apuñaló a un señor porque no le ofreció cerillos para encender su cigarro, un adulto mató a su hermana de nueve años solo porque ella quedó como heredera principal de la fortuna del padre, un vigilante mató a un adolescente porque este se estaba orinando en la pared del edificio a su cargo, un cantinero fue abaleado porque no le puso a su cliente la canción que solicitaba.

Cuando la selección Colombia goleó 5-0 a Argentina murieron 76 personas en los festejos; cuando perdió ante Estados Unidos fue asesinado el futbolista nuestro que cometió el autogol. Quizá algún lector receloso se diga que ambos hechos son viejos, de 1993 y 1994, respectivamente. Pero venga, le cuento: cuando Colombia debutó con triunfo ante Grecia en el Mundial de 2014, hubo 9 muertos, 15 heridos y 3.200 riñas.

Violencia y más violencia. Muertes y más muertes.

En 2013 Colombia tuvo 14.294 crímenes registrados oficialmente. Al poner la cifra en contexto notamos que diariamente son cometidos en nuestro país unos 39,1 homicidios. Eso es tanto como acribillar cada día a 40 personas reunidas en un salón comunitario.

Según el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, en 2013 las riñas dejaron en Colombia 18 heridos por hora, es decir, 435.06 diarios, es decir, 158.798 en total. Es como si todas las tardes, en cualquiera de nuestros centros comerciales, se desatara una batalla campal en la cual resultaran lacerados todos los espectadores de una sala de cine y la mitad de la sala contigua. Con el volumen de heridos anuales se podrían llenar cuatro estadios de fútbol.

En esas riñas –agrega el informe– murieron 809 personas, y muchas otras quedaron con “invalidez o deformidad permanente”.

Eso somos, tristemente. Eso somos.

¿Cómo fue que el país se volvió eso ante las narices de todos?

Un economista me pidió que le echara un vistazo a los indicadores sociales: Colombia ocupa el puesto 12 en mayor desigualdad entre 168 países del mundo. “Hay demasiada frustración”, agregó, “demasiadas tensiones”.

Un profesor me remitió a las estadísticas de escolaridad: a estas alturas Colombia todavía tiene 1.672.000 analfabetas, que son más de los habitantes de la cuarta ciudad del país, Barranquilla. Ese dato no incluye a los “analfabetas funcionales” –me aclaró el profesor–, aquellos que escasamente saben leer pero no tienen la oportunidad de ir a un colegio.

Según el profesor, falta un mayor esfuerzo de los padres para inculcarles a sus hijos mejores valores durante la primera infancia. Muchos mandan a los niños al colegio simplemente para que allá “se los tengan”, pues como dice el pedagogo caleño William Rodríguez, nuestras escuelas son simples “parqueaderos de niños”.

No estoy seguro de que nos matemos solo por la desigualdad, le dije al economista. En otros países existe el mismo problema y no hay semejante reguero anual de cadáveres.

No estoy seguro de que nos matemos solo por falta de educación, le dije al profesor. Aquí los profesionales también asesinan.

Nos matamos por todo eso, pero también por ausencia del Estado. Nos matamos por la mezquindad de nuestros dirigentes, esos que se dan por bien servidos si cada día pueden llegar en paz a sus fincas.

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