Cese el fuego que no convence

Cese el fuego que no convence

Otro cambio abrupto en el mensaje presidencial: ya sí se abre la puerta al cese el fuego bilateral. Frente a promesas y anuncios, la realidad: esa sensación de desamparo y desprotección ciudadana.

El presidente Juan Manuel Santos es particularmente sensible a los consejos que le brindan asesores o líderes extranjeros en materia de paz. Durante los primeros días de enero reunió en Cartagena a algunos de ellos quienes, al parecer, le recomendaron avanzar en un cese al fuego bilateral con las Farc. Uno de ellos, Shlomo Ben Ami, exministro de Israel, salió a dar declaraciones en ese sentido. Fue desmentido pronto. Desmentido que, como tantos otros, duró apenas unas horas.

También en Cartagena, en julio del año pasado, el exprimer ministro británico Tony Blair, uno de lo mayores gurús de Santos, dijo que “la paz requiere liderazgo, coraje y sabiduría”. Y recomendó muy especialmente al presidente colombiano “llegarle al corazón de las personas” para crear un clima favorable a la paz.

El liderazgo del que hablaba Blair requiere, ante todo, consistencia en el mensaje, fortaleza de convicciones y destreza comunicativa que transmita credibilidad y confianza. Ninguna de ellas se ve en el discurso de los responsables de “vender” la política gubernamental de paz.

En esa ocasión, Santos le dijo a Blair: “No habrá cese al fuego sino hasta que firmemos el fin del conflicto (…) la guerrilla siempre lo aprovecha para fortalecerse, para mejorar su posición”.

El Presidente de la República cambia el discurso en cuestión de horas. El ministro de Defensa sigue repitiendo consignas sin tener la capacidad para ejecutar los deberes que dice tener claros. El “ministro” de la Presidencia dijo ayer que el Jefe del Estado les ha anunciado a los colombianos, ni más ni menos, “el fin de la guerra”. Y el general (r) Óscar Naranjo riposta que “no habrá una paz armada”.

En su alocución del miércoles Juan Manuel Santos dijo que se está procurando “desescalar” la intensidad del conflicto, y que pidió a sus plenipotenciarios en La Habana apurar la negociación sobre el cese bilateral e indefinido del fuego. Más allá de la literalidad del “empezar a negociar”, subyace un mensaje claro que los colombianos (y la guerrilla en La Habana) entienden de inmediato. Y la inquietud y la sensación de desamparo son inevitables: en manos de quién quedará la protección de nuestros derechos que la Constitución dice amparar.

Solo restan por negociar dos puntos de la agenda con las Farc, dice el Presidente, sin mencionar para nada el extenso listado que aquellas denominan “salvedades”. Habla, además, de la reintegración a la vida civil de quienes abandonen las armas: ni una palabra sobre justicia, ni sobre garantías de no impunidad. La reinserción, por supuesto, es el objetivo compartido. Pero muchos de esos guerrilleros tendrían que cumplir un paso previo: su cumplimiento con la justicia y con las víctimas.

El interrogante es si ha habido una reducción verdadera, verificable y cuantificable, de los actos de guerra y sus métodos terroristas (también contra la infraestructura pública y privada), para que la opinión pública acepte como confiable el mensaje de una guerrilla que dice estar decidida a reconciliarse.

Por eso, sin un real manto de humanidad que cobije su discurso de paz en las negociaciones de La Habana, a los colombianos nos resulta incomprensible que las Fuerzas Armadas reciban la orden de bajar la guardia frente a quienes, por muchos pedidos de gestos de buena voluntad que se le hicieron, mantuvieron activa su maquinaria de matar, desconociendo repetidamente todos los principios del Derecho Internacional Humanitario (DIH) y el rechazo general de la sociedad a sus actuaciones criminales.

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