En qué momento se jodió Colombia

En qué momento se jodió Colombia

Colombia es un enfermo grave en un mundo enfermo. Y la enfermedad no se cura con pañitos de agua tibia: otra reforma a la justicia, la enésima reunión de sabios – los de siempre – para que den luces y tiren línea, la cacería de brujas para buscar culpables, convertida en verdadero deporte nacional con los auspicios de algunos periodistas, en fin…

Empecemos porque todavía no sabemos en qué momento “Colombia se jodió”, título de un libro de ensayos de diagnóstico de nuestro mal, publicado hace ya años: ¿Fue con esta guerra tan larga, tan estéril y que a todos de alguna manera nos degrada? ¿Fueron los paramilitares o la guerrilla? ¿Fue la Constitución del 91 generosa en derechos y avara en deberes? ¿Fue un modelo económico basado en la especulación, excluyente y concentrador de la riqueza, mucha de ella mal habida? ¿Fueron gobiernos que se sintieron y actuaron por encima de la ley? O ¿Fue la crisis de la familia y de la vieja moral que hacía las veces de una ética ciudadana, que hasta hoy no hemos desarrollado? Hay casi tantos posibles “fue” como ciudadanos y sabios opinando. Lo que sí se puede adelantar es que ninguna de esas razones basta por sí sola para explicar el asunto; el diagnóstico ha sido hasta ahora precario y parcial. Probablemente todas esas situaciones han jugado un papel en sazonar lo presente, pero ninguna agota la necesaria explicación.

Hoy con la copa rebozada por los escándalos de la Corte Constitucional, vuelve a jugar la solución facilista y de maquillaje (“ahora si estamos enfrentando con toda firmeza la situación”) de acudir presurosos a cambiar normas, como es lo habitual en medio de las crisis que periódicamente sacuden al país: la reforma a la justicia de la que oigo hablar al menos desde Guillermo León Valencia durante el lejano Frente Nacional o, en los últimos años, con propuestas de convocar a una nueva constituyente. Se revive la práctica de la prestidigitación jurídico – normativa, propia de nuestra inveterada alma santanderista, que privilegia lo formal sobre lo sustancial, y termina en que todo cambie (formalmente) para que nada cambie (sustancialmente).

Cubriéndolas e interactuando con las realidades enumeradas, el país ha vivido durante los últimos treinta o cuarenta años profundos cambios en todos los órdenes en medio de una bajada general de la guardia y del espíritu ciudadano: el interés público murió de inanición y el individualismo arropado en el discurso de los derechos (“mis derechos por encima de todo”, tutela incluida) se enseñoreó del escenario social hasta reventarse de hartazgo y de vacuidad o simple vanidad. Se instauró la dictadura de un presente asfixiante que rompe con lo que somos y hemos sido, a la par que cierra las puertas a un futuro donde colectivamente, no insolentemente individualistas, podríamos ser y de manera más plena, más humana si se quiere.

Parecería entonces que lo que articula los factores causales enumerados, la razón profunda de esa crisis de mil rostros, de la que Colombia no se escapa, no está en los otros o en las normas, sino en nosotros mismos, en lo que nos hemos convertido como ciudadanos y como seres humanos. Lo más urgente es dejar de considerarnos víctimas que se consuelan cazando las brujas que nos hacen mal y que confían en una figura, que habrá de resolvernos lo que no somos capaces de resolver por nosotros mismos; un líder mesiánico al cual le endosamos/encomendamos nuestras vidas y nuestro futuro. Lo segundo, es no seguir alzando los hombros ante una realidad que quisiéramos ver como ajena y lejana (“eso no es conmigo”); pero resulta que es la nuestra, no tenemos otra; y que además es cercana, la tenemos al alcance de la mano.

Fácil de decir, difícil de convertir en hechos transformadores de vida. Aunque sea un proceso individual debe enmarcarse en dinámicas sociales de cambio. Es entonces cuando se siente el enorme vacío que enfrenta el país en cuanto a unas instituciones y propuestas que le hablen a la persona pero para proyectarla, para conectarla y comprometerla socialmente. En este punto la crisis de credibilidad, legitimidad y liderazgo de los partidos y fuerzas políticas es patética y preocupante. De los liderazgos religiosos ni hablar, en el mejor de los casos dan consuelo, pero de eso no se trata. La capacidad de acercar y movilizar a ciudadanos en búsqueda de alternativas que brinda el variopinto mundo de las organizaciones es promisorio – además es lo único que hoy tiene alguna posibilidad de éxito para recuperar un sentido de lo colectivo, de lo común, de lo solidario, sin lo cual, lo individual acabará por destruirse y entonces será la crisis total.

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