Quién le teme al general mora

Quién le teme al general mora

Alejar al general Jorge Enrique Mora Rangel del equipo de plenipotenciarios y de la mesa de negociación con las Farc en Cuba, en este momento, constituye un cambio deleznable del presidente Juan Manuel Santos. Lo que no sabemos es si se trata de una “equivocación” desprevenida o deliberada. Difícil pensar que Santos mueva fichas sin calcular los riesgos en el juego de la paz.

Poner a Mora a visitar guarniciones, y a decirles a los soldados y a la oficialidad que el proceso de paz nos conviene, tiene, hoy, cierto toque de obviedad: la presencia misma del general en La Habana ya cumplía parte de ese propósito. Enviarlo a echar cuentos es como poner al miembro de un “Comité de Presidencia” a repartir volantes y estampitas.

Tal cual está pasando, Santos cabrea a los militares (activos y en retiro) y a los sectores más reaccionarios frente al diálogo y la terminación del conflicto armado con las Farc. Para ellos, Mora es el seguro que evitará que firmar el acuerdo sea como un disparo accidental, pero en la yugular.

El general lleva dos años vinculado al proceso y conoce sus pormenores. Está en “ritmo de competencia”. Es el puente entre la mesa y la alta oficialidad, con y sin uniforme. Y ahora a Santos se le ocurre pedirle que lo acolite en sus discursos, en cada campo de paradas al que vaya. Cuánta agua puede correr en La Habana en su “ausencia temporal”…

Si algo ha tenido de sensato y pragmático el proceso de paz en Cuba es sentar a nuestros militares en la mesa, darles el protagonismo que se merecen por su nivel de experticia frente a la guerra y al enemigo. Ello con la carga simbólica de que no hay cartas ocultas y que la estructura esencial jurídica, institucional y constitucional no se alterará.

La historia demuestra que las frases recurridas para aludir a la situación de los militares cuando arrancaban los procesos de paz eran de cajón:

Que en Colombia no son deliberantes. Que aceptan la obediencia debida. Que tenemos un régimen de gobierno civil al que ellos se subordinan incondicionales. Sí y no.

Sí, porque no han sido golpistas. No, porque ha habido ciertos ruidos de sables y omisiones para que operen, de cuando en cuando, escuadrones paramilitares. Sí, porque en su generalidad son patriotas amantes del pueblo llano. No, porque es comprensible su deseo de derrotar al enemigo sin tener que negociar.

Ahora que con paciencia se filó a los militares para ganar la paz sin más tiros ni muertos, acompañando con su conocimiento y autoridad el proceso, entonces el presidente envía un mensaje de equívocos y desconocimiento. Giro torpe. Desconcertante.

Y si cuando se van a negociar los asuntos militares clave (cese el fuego definitivo, entrega de armas y desmovilización), a las Farc les puede molestar la figura vertical y firme del general Mora, pues ellas y el Gobierno debieron haberlo dicho antes, para ahorrarnos la afortunada certidumbre de que el capítulo armado del conflicto lo iban a cerrar los que lo conocen; es decir, los que batallan.

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