Clamor por una decisión definitiva

Clamor por una decisión definitiva

Le toca al Gobierno, en conjunto, definir la posición oficial y asumir sus secuelas. De ningún modo puede ver con permisividad o con indiferencia la posibilidad de robustecimiento del narcotráfico.

Se sale del juego vital durante dos semanas por aguda dolencia y, al regreso, se queda viendo un chispero por la enrevesada controversia de la aspersión con glifosato de los cultivos de coca y amapola.

La versión del episodio terrorista anterior era la de que el narcotráfico había asesinado a once soldados de nuestro Ejército Nacional en el norte del Cauca por la osadía de lo que consideró intromisión en su territorio. Las Farc, ante tanta evidencia, se sintieron en la obligación de responsabilizarse de la atroz fechoría y asumir sus consecuencias, cargando la culpa sobre los desprevenidos e inocentes invasores. Así insistía en demarcar zonas de influencia y en preservar nexos con sus asociados, mejor dicho con sus frentes en áreas estratégicas.

En la actualidad, se debate sobre la conveniencia o la inconveniencia de la aspersión con glifosato de los cultivos ilícitos. Todo comienza en torno de una posible solicitud del Ministro del ramo de suspenderla y prohibirla. En efecto, tras muchos sondeos su pronunciamiento pareció venir a cortar de tajo las cábalas. Pero la divergencia no quedó resuelta ante el despuntar de una comedia de contradicciones.

Ni más ni menos el Ministro de Defensa Nacional salió al paso, señalando el riesgo de la propagación eventual de los cultivos vedados y del deterioro de la seguridad nacional, con franco beneficio de la delincuencia y del terrorismo. Más estudios pidió sobre la nocividad cancerígena del químico utilizado. A leguas se lo ve respirando, con razón, por el costado sangrante de los once soldados cruelmente masacrados.

Habría sido preferible conciliar desde adentro la diversidad de apreciaciones y recomendaciones. Aunque pueda resultar desconcertante, ambos funcionarios dan trazas de interpretar el bien público, desde sus ópticas respectivas.

Pero le toca al Gobierno, en conjunto, definir la posición oficial y asumir sus secuelas. De ningún modo puede ver con permisividad o con indiferencia la posibilidad de robustecimiento del narcotráfico, que tantos dolores y daños ha causado a Colombia.

El Gobierno y el país deberán definir si por una paz, en tales condiciones, se hallarían dispuestos a hacerse de la vista gorda frente al peligro de que el narcotráfico renazca y se fortalezca, con huella terrorista y fatal.

Cada ministro responde por el ejercicio honesto de sus funciones. Pero como miembro del mismo Gobierno, le corresponde conciliar posiciones con la que finalmente trace y asuma el Jefe del Estado. No puede haber duplicidad de la autoridad, ni mucho menos de territorios, como lo presumía o pretendía la señora Presidenta de Argentina.

Ecos de los que se fueron

En primer lugar, el libro monumental, fidedigno y a todo color con el que Diana Sofía Giraldo nos ha dejado absortos al reconstruir en forma magistral la intimidad del expresidente Alfonso López Michelsen, sus demonios, amores y batallas políticas a través de 75 años de cartas a su familia.

Dos exponentes de dos ramas de la misma familia Lleras, el R. P. Gustavo Andrade Lleras, S. J., de consagración y encanto característicos, hijo de Enrique Andrade y de Sofía Lleras Camargo de Andrade, quien por cerca de 40 años viviera en el Japón en funciones de docencia, sin perder arraigos aquí.

Y en Caracas, hace días, falleció otro dilecto amigo, Fernando Lleras de la Fuente, intelectual, poeta y pianista, hijo del presidente Carlos Lleras Restrepo y de su señora Cecilia de la Fuente de Lleras. En medio de letras y música vivió. Casado en segundas nupcias con Margot, prestigiosa soprano de Venezuela, a ella correspondió cerrarle los ojos para su sueño final.

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