Nuestro modelo regional de corrupción

Nuestro modelo regional de corrupción

Así da vergüenza la política. Lo ocurrido en Florencia no es un caso excepcional. Así roban; la descentralización colapsó.

Si la fiscalía hubiese buscado un momento oportuno para advertirnos, a meses de las elecciones regionales, de lo que pasa allí con la política, difícilmente habría encontrado uno mejor, dejando al desnudo un modelo de saqueo del erario que seguramente se replica en otras ciudades y departamentos.

Una alcaldesa y 11 concejales detenidos en una ciudad capital es una noticia de la que no se recuerdan antecedentes en el mundo. La tranquilidad con que en Colombia la hemos asumido solo pone en evidencia hasta dónde estamos acostumbrados a convivir con estas prácticas. Ya parece natural. Los concejos, como los contralores, tienen la función de ejercer control sobre los alcaldes pero lo que estamos viendo son mangualas para robar. Y todos tan tranquilos.

En Colombia la corrupción ha evolucionado desde las coimas por contratos, un porcentaje de ellos, a nuevas y sofisticadas formas como las licitaciones diseñadas para un único oferente o sobre medidas, el abuso de la contratación directa, los convenios, como el denunciado la semana anterior por El Espectador entre el Fondo de Vigilancia del Distrito y la ETB, y, sobre todo en las regiones, la construcción de empresas electorales para, literalmente, tomarse el poder por la vía de los votos, o usando la violencia, sean estos comprados, adheridos etc. La corrupción, como la mala gestión, no es de izquierdas ni derechas.

La sustitución de ideologías y partidos por empresas electorales, barnizadas como alianzas, recolección de firmas etc., tiene como único objetivo hacerse al presupuesto y decidir sobre él, como en Bogotá en el caso del carrusel. La cooptación de los concejos para delinquir, tiene otras variables que deberían ser investigadas como la relación entre coaliciones mayoritarias y el nombramiento de contralores y personeros. El mal ejemplo lo dio la capital, cuando en la administración de Luis Eduardo Garzón, ahora ministro, fue nombrado contralor quien fuera gerente de su anterior campaña política. Su contralor fue sancionado e inhabilitado. Hablando de ello, ¿No fue allí, y en los contratos de la fase tres de Transmilenio, en su administración, que comenzó el carrusel?

Estas formas de corrupción se han vuelto endémicas en la democracia colombiana aunque en las regiones se nota más la influencia de grupos armados que por décadas han abusado de los presupuestos. Es, también, la historia de la para política con la que han convivido dirigentes nacionales haciendo la vista gorda. Esos prohombres no han tenido tiempo para ocuparse de “minucias” como el fracaso de un modelo de descentralización cuyas características son corrupción descarada; envilecimiento de la política; escasa participación ciudadana y un reguero de presos y de muertos.

Lo ocurrido en Florencia es solo la punta de un iceberg. ¿Tendrá la fiscalía, a la que le cabe una felicitación por destapar esta olla podrida, los recursos y las agallas para terminarla y replicar esa investigación en otros municipios y departamentos? Es una necesidad urgente de la democracia colombiana.

Es una pena que el análisis político deba ser sustituido por la investigación criminal, pero mientras cambiamos nuestras costumbres y hacemos unas verdaderas reformas institucionales y no solo remiendos, el código penal será más importante que encuestas, diferencias partidistas e ideologías para descifrar la política en las regiones. Estando en la puerta de las elecciones lo ocurrido en Florencia renueva la vigencia de un grafiti que alguien, de manera inteligente, puso en algún muro “No es la política la que hace a un candidato convertirse en ladrón. Es tu voto el que hace a un ladrón convertirse en político”.

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