Del sentido común y la resistencia civil

Del sentido común y la resistencia civil

¿Debe el ciudadano renunciar a su conciencia, siquiera por un momento o en el menor grado a favor del legislador? ¿Entonces por qué posee conciencia el hombre? Pienso que debemos primero ser hombres y luego súbditos. No es deseable cultivar tanto respeto por la ley como por lo correcto. Se ha dicho con bastante verdad que una corporación no tiene conciencia, pero una corporación de hombres conscientes es una corporación con conciencia. La ley jamás hizo a los hombres ni un ápice más justos; además, gracias a su respeto por ella hasta los más generosos son convertidos día a día en agentes de injusticia. Un resultado común y natural del indebido respeto por la ley es que se puede ver una fila de coronel, capitán, cabo, soldados, dinamiteros, y todos marchan en admirable orden cruzando montes y valles hacia las guerras, contra su voluntad, sí, contra su propio sentido común y su conciencia, lo que convierte esto, de veras, en una ardua marcha de corazones palpitantes. No abrigan la menor duda de que están desempeñando una ocupación detestable teniendo todos inclinaciones pacíficas."

Henry David Thoreau
La desobediencia civil, 1848

En enero de 1776 Thomas Paine publicó su folleto de cincuenta páginas titulado “Del sentido común” en donde enfila las baterías contra la monarquía inglesa, muy parecida a la colombiana de estos días. Hacía un llamado a la independencia política y el establecimiento de un gobierno republicano. El folleto generó una sensación de lucidez decisoria, tanto por su retórica apasionada como por sus puntos de vista políticos. Se vendieron más de 500.000 copias en pocos meses y se le atribuye la creación del impulso político que dio lugar a la Declaración de la Independencia Norteamericana del 4 de julio de 1776.

Como me he dado cuenta que a pesar de nuestra independencia, en algunos personajes sigue prevaleciendo la mentalidad monárquica, expresada hoy con ropaje ‘democrático,’ me permito citar a Paine para que constatemos que en dos siglos y medio las cosas no han cambiado y menos en Colombia.

“Decir que la constitución inglesa es una unión de tres poderes, que se reprimen uno a otro, es una farsa; es cometer un círculo vicioso de ideas contradictorias. Decir que la cámara de los Comunes coarta la facultad del rey, es suponer dos cosas. Primera: que no se debe fiar absolutamente del rey, sin recelar el abuso de su autoridad, y que el deseo vehemente de un poder absoluto es la enfermedad natural de la monarquía. (Y de algunos mal llamados ‘demócratas’ o revolucionarios. ¿Les suena parecido?) Segunda: que la cámara de los Comunes, teniendo por objeto poner límites al poder absoluto, se considera o más sabia, más digna de la confianza que la corona (Sentido común). Pero como la misma constitución que da a la cámara de los Comunes el poder de coartar las facultades del rey, negándole los auxilios que necesite, (mermelada) le concede después a éste otro poder para coartar a la cámara de los Comunes, (chantaje) autorizándole para rechazar sus proyectos de ley, se supone por segunda vez que el rey es más sabio que aquellos a quienes antes se suponían más sabios que él: ¡Qué absurdo!”

“Hay cosas sumamente ridículas en la composición de la monarquía: Primero, se excluye a un hombre de los medios de instruirse en general, y en particular de informarse de asuntos en los que debe deliberar; con todo se le autoriza para fallar en materias que requieren la mayor sabiduría; el estado de un rey lo separa del mundo, y sin embargo, los negocios de un rey exigen que él conozca perfectamente a los hombres; por lo cual oponiéndose singularmente a las diferentes acciones de su vida, y distinguiéndose unas a otras, se prueba que su carácter es absurdo e inútil.”

Al comparar la monarquía inglesa de esa época con el gobierno santista, y ver las mismas razones que llevaron a la independencia de las colonias norteamericanas , el sentido común me dice que el pronunciamiento de un rey, presidente o grupo guerrillero que puede querer convencernos de su renuncia a la aspiración del poder absoluto; o el documento legal de unos señores, no son garantía de nada, porque el ‘barquito’ de ese documento tendrá que navegar en el ‘mar del sentido común’ de los colombianos, como ocurría con los pronunciamientos reales en sus colonias; entonces por proa y popa, babor y estribor, se estrellarán las olas de la ‘resistencia civil' compuesta de: la perspicacia y astucia de la gente común; el juicio equilibrado de los especialistas de toda índole; la engañosa y conveniente calma de los ‘indiferentes’; el pensamiento claro de la inteligencia natural; la compostura de los jerarcas que aprueban o desaprueban con la autoridad de sus vestiduras; el gesto dudoso de los de mayor experiencia; el buen juicio de los sabios; el sentido común de las amas de casa; la intuición de los columnistas, directores de opinión, artistas y caricaturistas; la sensatez y lógica de la élite jurídica del país con su equilibrio mental, razón legal, sagacidad argumentativa, y el juicio respetable en el discernimiento práctico de cómo puede impactar a la sociedad lo que se determina en La Habana; es decir, LA RESISTENCIA CIVIL ya se viene dando, de manera natural, desde hace tiempo; es un asunto de la conciencia de los colombianos, no del uribismo; sólo que la conveniencia política del gobierno y su falta de perspicacia la ha llamado polarización para favorecer la ausencia de argumentos y sindéresis.

Y esa ‘resistencia civil o polarización’ no es otra cosa que la respuesta natural que un organismo adopta cuando un cuerpo extraño es introducido en su sistema. No es política, es respuesta inmunológica.

Porque armar un esperpento constitucional, aparentemente admisible, equilibrar ingeniosamente los poderes, proclamar garantías y hacer ostentaciones de principios liberales o de avanzada, son cosas bastante fáciles con los adelantos de las ciencias sociales y jurídicas, y la ignorancia de estos aspectos por la opinión pública mayoritaria. Pero conocer a fondo la índole de la malicia indígena propia de nuestro pueblo y las necesidades de los colombianos a los que deba aplicarse dicha legislación, nos hace desconfiar de las seducciones de brillantes teorías; por ello se debe escuchar con atención e imparcialidad la voz de la experiencia, para no sacrificar el bien público frente a sentires y opiniones queridas sobre la paz. Ese ideal que en la teoría parece digno de la más alta admiración, por hallarse en conformidad con los principios establecidos por los más ilustres publicistas de la misma, encuentra, para su observancia, obstáculos invencibles en la práctica; será quizá la consecución de dicho ideal uno de los mejores que pueda dictar el estudio de la política en general, pero no para un pueblo determinado que se defiende de la pretensión de ser regido por los nuevos conquistadores del absolutismo marxista. Al negar las Farc todos sus crímenes se comportan como los peores absolutistas, los que ostentan la enfermedad mental como disciplina.

Las múltiples ideas y perspectivas sobre la paz son loables; pero su exageración sería más funesta para nosotros que el mismo frenesí revolucionario marxista al que hemos combatido. Esa política asustadiza y pusilánime del gobierno frente a las FARC viene quitándole vida al patriotismo colombiano, acabando con la fuente de identidad primaria de respeto de una nación; y ciertamente está en oposición con aquella osadía generosa del pueblo que puso su vida y las armas en manos de nuestro glorioso ejército libertador y el actual.

Si en nuestro leal saber y entender, como personas de conciencia y ciudadanos libres, en vez de los súbditos como nos quiere ver el gobernante, vemos que lo conocido de La Habana debe ser firmado como un cheque en blanco, ¿debemos estar contentos de cumplir dicho mandato para aparecer como amigos de la paz; trabajar para enmendar ese acuerdo para que sea justo dentro de las leyes nacionales e internacionales, y obedecer esos acuerdos sólo cuando hayamos logrado nuestro propósito; o debemos incumplirlos desde el principio? Esas son los dilemas éticos que nos plantea la resistencia civil, en mi opinión; pues no sabría cómo vivir con la perniciosa incertidumbre de un competidor político que no ha probado ser confiable para la contienda democrática, y a quien debería confiarle mi vida y mis bienes en caso de ganar. Con esa perspectiva, vale más un desengaño, por cruel que sea, que vivir en la letal indignidad de un compromiso político con quien no me ha respetado ni lo hará, como ha sido demostrado permanentemente por las Farc con el pueblo colombiano.

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