“Esto ha sido un secuestro”

“Esto ha sido un secuestro”

“Esto ha sido un secuestro”, dijo sin ambigüedad alguna Salud Hernández al recobrar su libertad. Un secuestro que el Gobierno sistemáticamente quiso negar. “No tenemos evidencia para decir si es un secuestro”, había asegurado apenas unas horas antes el Ministro de Defensa. Antes Santos había sido aun más atrevido: no le dio pena sostener que “la información que tengo, que estoy verificando, [es que] ella se fue a hacer un trabajo periodístico por su propia voluntad, que se reunió con el ELN”, y agregó que sus fuentes eran “fidedignas”.

Vaya uno a saber qué entiende Santos por “fuentes fidedignas”. Porque las oficiales, como Inteligencia Militar, le habían informado que comunicaciones interceptadas mostraban que Salud había sido secuestrada por el Eln. Lo ratificaban todos los análisis. Santos prefirió creerle a León Valencia, antiguo miembro del Coce del Eln, que dijo que había “conversado con gente muy cercana a ellos, gente que tiene contacto directo con ellos en la zona, y han dicho que no tienen a Salud”.

Santos y su ministro de Defensa no solo no aceptaron que Salud había sido secuestrada sino que se negaron a llamar las cosas por su nombre, como ya es usual. Hablaron de “retención” y “desaparición” y no de secuestro. En el derecho interno no existe la “retención” y en el derecho internacional el secuestro es una “toma de rehenes”. “Retención” es el eufemismo que siempre ha usado la guerrilla para esconder esa conducta atroz. Y eso parecieron estar haciendo todo el tiempo: escondiendo el secuestro de Salud por parte del Eln.

El episodio demuestra varias cosas: la primera, el valor de Salud y su ejemplo de vida. Es la única periodista de fama que no teme reportear en terreno, meterse en la selva, ingresar en las áreas de los criminales, y mandar al demonio a sus secuestradores: se negó a leer la declaración que envió con ella el Eln. Y Salud, que ha sido activa dirigente de País Libre, tuvo además la vergüenza para sostener que “[me dio] pena pensar en la atención que hemos recibido nosotros en comparación a los otros secuestrados”.

Vergüenza que no tuvieron ni Santos ni el ministro Villegas que no solo no hicieron la vehemente defensa de la libertad de prensa que era indispensable sino que ahondaron sus diferencias con la Fuerza Pública. Los militares y los policías no creen y no confían en su Comandante en Jefe y no respetan, ni un poquito, al ministro de Defensa. Adentro creen que Santos y Villegas solo apuestan a proteger a las guerrillas y el “proceso de paz”. Las diferencias con sus hombres es ya insalvable.

Y la credibilidad de Santos, que ya está en los suelos, se hunde un poquito más. Mientras que sugería que Salud ponía a sufrir a su familia y a sus amigos por puro gusto, se ponía un casco militar dizque para combatir la minería ilegal. La foto con el casco ha dado lugar a un meme divertidísimo en que lo comparan con Cantinflas. Pero a Santos, como a Chávez, se hace mal al subestimarlo. No son payasos. Saben exactamente para dónde van. Y lo hacen a cualquier costo.

Finalmente, queda probado que hay regiones del país que están, otra vez, bajo dominio de los grupos armados ilegales. Y es prueba de lo que se viene en el “postconflicto”: transferencia de hombres y territorios de las Farc al Eln y proliferación de cultivos ilícitos y, pegados a ellos, de grupos armados ilegales. Pasa en el Catatumbo. En dos años los cultivos de coca aumentaron en un 500 % y llegan a las 30.000 hectáreas. Con unas guerrillas tan degradadas como las Farc y el Eln, el eclipse de las marcas subversivas no significará la desaparición de las bandas criminales. El narcotráfico es y seguirá siendo el eje de la violencia. El Gobierno no solo no lo ha entendido sino que ha actuado para favorecer los narcocultivos. El Catatumbo también prueba lo que se quiere negar: aunque las guerrillas dejen de matar, no solo no cesará la violencia, sino que aumentará la conflictividad política y social. “La política por otros medios”.

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