FF. AA., la moral y el triunfo (I)

FF. AA., la moral y el triunfo (I)

Para que las Farc negociaran, firmaran el fin del conflicto y dejaran las armas, se requirió la labor incansable y patriótica de generaciones de oficiales y tropas. La historia encumbrará su valor.

En el larguísimo curso del conflicto con las Farc, ese enemigo irregular capaz de anteponer su ambición de destruir el Estado colombiano sobre principios humanitarios universales de la guerra, la fuerza pública constitucional, integrada por Ejército, Fuerza Aérea, Armada y Policía, desarrolló el potencial para superar las limitaciones de las doctrinas solo “troperas” y pasar al estadio de una lucha que fundó su moral de combate en la inteligencia, la selectividad, la protección creciente de los derechos humanos y la reducción militar del enemigo con golpes quirúrgicos.

Leer esos cambios en el tiempo resultará digno de un completo ensayo o de un libro sobre la adaptabilidad de las tropas oficiales frente a un enemigo que consiguió sumar una gasolina de alto octanaje y descomposición a su amenaza subversiva y no pocas veces terrorista: el narcotráfico, atado a los cultivos ilícitos y a una base campesina reclutada para ello.

El Ejército, entonces, previó cambios y descifró tiempos oportunos para reducir a las Farc. Así se levantó la columna del éxito militar de las FF. AA.: gastaron mucho más tiempo en analizar a la guerrilla y dilapidaron menos recursos en operaciones que arrasaban, pero sin golpes eficaces e irreparables.

Los ataques de las Farc en El Billar, Patascoy y Mitú, con el asesinato y secuestro de decenas de soldados y policías y su posterior tortura en alambradas inhumanas en la selva, junto a figuras políticas, obligaron una reingeniería a fondo.

Los últimos doce años resultaron particularmente intensos en la implementación de un cuerpo de acción humana, logística, operativa y ofensiva que supo combinar lo mejor de las lecciones de la historia de los ejércitos, de su experticia y su moral, con un avance tecnológico incluso logrado con recursos propios de talento humano e innovación nacionales. Son ejemplos los helicópteros arpía y las naves acorazadas de combate fluvial.

Entre 2004 y 2011, las FF. AA. abatieron, capturaron o rindieron a jefes clave del Secretariado y los frentes de las Farc y nunca más retrocedieron en la iniciativa y desequilibrio a su favor.

Por eso es tan pertinente examinar el papel que jugaron nuestras Fuerzas Armadas para conseguir que las Farc se sentaran a la mesa, aceptaran su incapacidad de tomar el poder por las armas y por fin entendieran que, aunque la democracia colombiana no es perfecta, es un escenario con las garantías suficientes para defender ideas y ejercer la política sin violencia.

Además de la cerebralidad y trabajo constante por consolidar un ejército más fuerte y contundente -sin duda uno de los mejores de Latinoamérica-, los oficiales y las tropas asumieron un par de principios de la guerra, que no rebajan su valor ni su decisión de combate sino que enaltecen su patriotismo: “Las armas son herramientas ominosas para ser usadas solamente cuando no exista otra alternativa” y “Ningún país se ha beneficiado alguna vez de una guerra prolongada”.

Por eso, mientras disminuía aquella válida obsesión de acabar con un enemigo que producía destrucción y violencia, contra el Estado y los ciudadanos, creció el deseo de ganar una posición de fortaleza, ventaja e iniciativa militar para afianzar el aprecio y el apoyo de los civiles frente a unas Farc que se desmoronaban en su marginalidad y debilidad de combate y que cada vez más acentuaban su represión y sus vejaciones contra comunidades inermes.

Los generales y sus tropas merecen nuestro agradecimiento pues no sin errores, protegieron a la población e hicieron un gran esfuerzo por mejorar y vencer. Y tal vez por ello están más preparados que nunca para asumir nuevos tiempos sin las armas de las Farc y ojalá, en el plazo más corto posible, sin los demás actores ilegales que persisten en generar conflicto, destrucción y dolor en Colombia.

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