Gobernabilidad, poder y tartufócratas

Gobernabilidad, poder y tartufócratas

Cuando Molière quiso ilustrar el engaño político mediante la comedia, se craneó ‘Le Tartuffe ou l'Imposteur’, (‘El Tartufo o el impostor’) una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos y estrenada en París el 12 de mayo de 1664 en el Teatro del Palais-Royal. Tartufo, un falso devoto impostor, conoce a quién engaña, se aprovecha de su víctima ofuscándole con cien apariencias y con su hipocresía le saca sumas a toda hora, (en 2019 serían contratos, prebendas, burocracia, favores) adquiriendo además el derecho de censurarnos a todos porque es un impostor ético y pragmático, un intrigante, cerca de la presidencia o algún círculo de poder.

(En la obra Tartufo es un puritano hipócrita y falso, que había sido un vagabundo antes de que Orgón comenzara a ayudarlo. Tartufo aparenta ser piadoso, hablar con autoridad divina, y Orgón y su madre no hacen nada sin consultarlo primero con él. Es un embaucador.)

Así, cuando un mandatario llega al poder tiene que enfrentar no solamente los problemas reales del país, sino la sospecha o la realidad de quienes aspiran a tener influencia en el gobierno: los tartufos del siglo 21 o los payasos intrigantes. Debido a estos personajes, el poder real y verdadero no radica en los representantes políticos electos, sino en gente de gran influencia y autoridad dentro de ciertos estamentos gubernamentales, sociales o políticos que ejercen poder o influencia más allá del control de las instituciones democráticas. Lo hacen tan bien, que nadie se da cuenta. A esa realidad se le ha llamado ‘el poder en la sombra’ y está presente en todas las sociedades, en todos los tiempos. Por eso decía Cicerón: “El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes.”Conocedor de esta situación, el mandatario de turno llega a desconfiar hasta de su propia sombra, lo que a la larga produce la soledad del poder, y otras veces, la demora en la toma de decisiones.

Durante el gobierno de Virgilio Barco su círculo de poder estuvo influido por Don Germán Montoya, un gran líder y empresario. Le costó lo suyo, pues su familia fue sacudida por el secuestro de su hijo y asesinato de su hermana por parte del narcotráfico. Y durante gobiernos sucesivos siempre ha habido una persona de confianza, superministro o asesor, que le habla al oído al presidente de turno. Con Julio César Turbay, se decía, que quien realmente mandaba era el General Luis Carlos Camacho Leyva Comandante de las FF AA y Ministro de Defensa. Por eso el Estatuto de Seguridad funcionaba. Con el elefante de Samper su legitimidad se vio opacada por los dineros del Cartel de Cali que entraron a la campaña supuestamente ‘a sus espaldas.’ Sin embargo, ese poder en la sombra era aceptado como algo normal pues ha existido siempre, sin propósitos inconfesables, supuestamente.

A ese poder en la sombra, normal y aceptable, también han querido tener acceso las personas que no son de bien; se imaginan, en sus elucubraciones narcisistas, que pueden hacerlo por interpuesta persona. Sin embargo, en otros casos están seguros de que no es posible. Lean ustedes cómo definía e identificaba un bandido y asesino, Carlos Castaño, al presidente que le podría convenir; y al que sería su amenaza o pesadilla. (Mi confesión, páginas 176-7)

“Serpa es un hombre irregular, le ha tocado moverse concertando con actores irregulares y un hombre que está en la legalidad, no puede hacer eso, menos un futuro presidente. Es un político con la capacidad para gobernar a Colombia, pero no creo que pueda gobernar con autonomía. Y tengo claro que él será el próximo presidente. Es el candidato del establecimiento, lo que llamaba Álvaro Gómez Hurtado ‘el régimen’. Es el candidato del poder económico, la maquinaria política, las FARC y los narcotraficantes. ¡Les conviene a todos! Con esto no estoy diciendo que el doctor Serpa recibe el dinero de los ‘narcos’ o que vaya a ser el presidente de los narcotraficantes, no. Lo que pasa es que aquellos se las ingenian para apoyarlo por fuera y no pactan con el candidato, pero sí lo hacen en las regiones, donde se va a mover, como siempre, ingente dinero del narcotráfico durante la campaña presidencial.” (Afortunadamente Serpa no fue elegido como creía Castaño, así que las sospechas del bandido no se le aplican.)

Por otra parte, decía Carlos Castaño de Álvaro Uribe: “Álvaro Uribe le conviene al país, pero no a las Autodefensas Unidas de Colombia. Es el presidente que menos nos podrá ofrecer, seguro dará resultados militares en contra nuestra y poco reconocimiento a nuestra lucha antisubversiva.” Uribe cumplió la premonición de Castaño, desbarató las AUC y extraditó a sus cabecillas. El bandido distinguía a quién podría llegarle con su cuento y a quién no; cosa sabida por nuestros abuelos quienes decían: “Todo mico sabe en qué palo trepa.”

Es decir, para la mafia, QUIEN HAYA DEMOSTRADO que puede ser influenciable es el ALIADO. Sin embargo, quien haya probado que TIENE EL CARÁCTER para luchar, es el enemigo. Así que la mafia se mueve según una sicología maquiavélica y sabia. Si el presidente va con el comportamiento que el sistema le marca, a través de influencias legales, consejeros respetables, la presión suave, etc., la mafia va feliz. Pero si ese presidente es independiente en su criterio de combatirlos, es el verdadero enemigo. Sin embargo, el problema no es el modo de pensar de la mafia, sino que muchos, sin ser mafiosos lo asumen, sin comprobar nada, por lo que se convierten en tontos útiles en la cooptación del estado, por parte de la mafia. El Coronel Hernán Mejía Gutiérrez, en el capítulo 45 de Los Informantes denunció la existencia del ‘Secretariado Secreto de las Farc’ que opera en Bogotá desde hace años y del que hacen parte militares, hombres de negocios, miembros de la iglesia y personas en el gobierno de turno.

Además de lo anterior quieren gobernar en ese complejo escenario político de buenos y malos, los mercaderes de la opinión, refiriéndome con ello a quien tiene una amplia o aceptable difusión mediática, pero un conocimiento superficial del tema. Por ahí Gustavo Álvarez Gardeazábal decía que Duque no sabe gobernar y a Uribe se le había olvidado, como si gobernar fuera soplar y hacer botellas. Por eso a usted lo dejará perplejo si se va a internet y teclea “Por qué los intelectuales odian el capitalismo” para encontrarse con una aplanadora de experiencias del Profesor Jesús Huerta de Soto para probar que ciertos intelectuales, mayormente de izquierda, se dan ínfulas de saberlo todo por la soberbia de creerse más que los otros, la ignorancia en la complejidad del tema de un mundo globalizado, además de la frustración y envidia de esos personajes por no estar donde creen merecerlo.

El profesor Huerta desarrolla los planteamientos de Bertrand de Juvenet, uno de los mayores exponentes de la filosofía política francesa, quien llamaba a esos personajes… “TARTUFÓCRATAS: hipócritas que nos convencen de que todos formamos parte de una categoría metafísica sagrada (nación, pueblo, patria etc.) que él protegerá contra enemigos tan abstractos como macabros: oligarquías, judíos, islamismo, cristianos, medios privados, capitalistas, trasnacionales, importaciones chinas, masones, rojos, el chupacabras, inmigrantes, etc.” Y los clasificaba así: “La historia los bautiza de distinta forma, según surgen: fascistas, comunistas, socialdemócratas, neoconservadores, neosocialistas, ecologistas, nacionalistas, independentistas, etc. Unos se dicen de derecha, otros se proclaman de izquierda. Todos quieren que el Estado convierta sus prejuicios en leyes.”

Uno de esos payasos, que creía saber de petróleo, llegó al poder en Venezuela y se tiró a PDVSA además del país: Chávez. Cambió toda una generación de expertos petroleros por sus amigos militares. Y no lo digo yo, lo dice su asesor de cabecera el inventor del ‘socialismo del silgo XXI’ quien decía que Chávez no entendió el nuevo engendro socialista y lo remplazó por el tradicional asistencialismo. Leer: Entre Topos y Gallinas, revisitado – La bancarrota de la “izquierda” y sus intelectuales Heinz Dieterich Steffens, (Fundador del Socialismo del Siglo XXI) publicado en Rebelión, La Habana, el 28 de febrero de 2004.

Entonces volviendo a la gobernabilidad, y teniendo en cuenta especialmente a la especie de los tartufos, plantearía esta pregunta: ¿Es lo mismo gobernar un país federado que una colectividad con gobierno central, presidencialista, con tres poderes diferentes? ¿Un país en vías de desarrollo en África o América Latina que otro del primer mundo? Muchos creen en el absoluto de que gobernar es solamente ejercer la autoridad, pero eso se aplica, sin discusión, a las dictaduras. Sin embargo, muy rápido aprenden los tartufos dictadores que la gobernabilidad, gústenos o no, son todos los procesos de un gobierno relacionados con un sistema social, el peculiar modo de ser de un pueblo, el orden mundial, la realidad del poder mediático, un mercado globalizado, una red de influencias, partidos políticos, oposición, enemigos encubiertos, para llegar a soluciones de un problema colectivo en el que no todos quedan satisfechos por razones válidas o conveniencia. Como el dictador no sabe de gobernabilidad, por eso no tiene otra opción que seguir siendo dictador. Entonces gobernar en el 2001 no es lo mismo que hacerlo en el 2019, o en Tombuctú. Un ejemplo colombiano de gobernabilidad a pesar de lo que decían los expertos es el que sigue.

En el 2001, la Corporación Rand vislumbraba para Colombia los siguientes futuros posibles:

1. Un acuerdo de paz exitoso. Se denominaba así la terminación del conflicto armado. ¿Pero cuál es la realidad? Ese escenario se dio parcialmente con las Farc. La incorporación de guerrilleros al proceso político está en veremos. La adjudicación del poder político por medio de elecciones en el que al no tener las Farc posibilidad alguna como partido, ni como disidencia, buscan otros medios que perturban la paz. Ese escenario inicial se predijo basado en la experiencia salvadoreña.

2. La adversidad superada. En este caso la balanza se inclina a favor de la sociedad al quitarle el ejército la iniciativa estratégica a la guerrilla. Eso era evidente al final del gobierno Uribe, pero Santos lo cambió y le dio nuevo aire a la guerrilla con una combinación de lucha política, desde el congreso, y abiertamente armada, en combinación con las disidencias y el narcotráfico desde las ciudades y el monte, con el apoyo de Venezuela.

3. Empate militar. Nunca se dio, pues Uribe derrotó a la guerrilla hasta llevarla a esconderse en el monte y los países fronterizos. Sin embargo muchos izquierdistas predican el escenario del empate como real.

4. El modelo peruano. Arrasar con la guerrilla como hizo Fujimori con Sendero Luminoso. Muchos lo desean, pero no es recomendable.

5. Desintegración. El ejército y la sociedad son derrotados. ¿Por qué llegó la Corporación Rand a considerar esa posibilidad? Seguramente por los avances estratégicos que tuvieron las Farc antes de llegar Uribe al poder. Muchos alcaldes gobernaban desde Bogotá.

6. Las Farc se toman el poder o hacen parte de un gobierno de transición. Es lo que pretende en el 2019 la minga que quiere gobernar parte del territorio. La CRIC representa a 200 mil personas, quiere presupuesto para un país, soberanía territorial, que no le sobrevuelen su territorio. ¿Se acuerdan de las repúblicas independientes de las Farc en los años 60?

7. Internacionalización del conflicto. No ocurrió en Colombia pero lo tenemos ad portas con Maduro y Putin.

Los escenarios anteriores se consideraron posibles, pero pocos caen en la cuenta que si en el 2019 estamos disfrutando de democracia es porque, de alguna manera, hubo la gobernabilidad difícil pero adecuada para desembocar en la recuperación democrática del país y eliminar la toma del poder por parte de la guerrilla comunista. Ahora bien, con el beneficio del narcotráfico y la facilidad de la corrupción para manejarlo, eso ya no les interesa, pero mantienen esa aspiración de poder como un distractor político para los incautos. Sin embargo, esa gobernabilidad en el 2019 depende de un país alineado con un objetivo común y no solamente con una persona. ¿Es claro cuál es el objetivo único que perseguimos los colombianos?

Si los escenarios anteriores han sido descritos y sigue pendiente una solución definitiva que nos permita decir que realmente vivimos en paz, y que hay un futuro promisorio para el país, se debe a que la realidad de gobernar no es fácil, pero posible, requiriendo no solamente de un supuesto gobernante salvador que nunca ha existido (Uribe contó con el apoyo de importantes sectores sociales), por lo que es necesario el concurso de toda la sociedad en la dirección del esfuerzo correcto. Eso no se ve. Una estrategia exitosa del enemigo interno ha sido lograr que en Colombia se enfoque nuestra tragedia desde la sociología de izquierda para hablar de ‘conflicto con actores’, que neutraliza a la sociedad civil creyéndose que lo del conflicto es cosa del campo; pero esa teoría fue derrotada por José Obdulio Gaviria con su libro ‘Sofismas del terrorismo en Colombia’. En nuestro país no hay un conflicto, sino un asalto de bandidos a la sociedad y el Estado.

Los enemigos del uribismo que ahora pretenden encasillar a Duque con la etiqueta de falta de gobernabilidad se olvidan que la gobernabilidad requiere del principal agente de cambio que es el liderazgo civil en la sociedad, el que sí existió en las guerras de independencia, pues la gente del común colaboraba con el ejército libertador. Ese esquema lo revivió Uribe con los soldados campesinos, pero Santos lo neutralizó. Un ejemplo del liderazgo civil que se necesita en la actualidad para la seguridad ciudadana de la que se habla pero no se ve nada, es la organización de los barrios con brigadas, comités cívicos de vigilancia, seguridad y mejoramiento del espacio público, corporaciones que agrupen a los vecinos para colaborar con el gobierno, etc. De esa manera la sociedad civil verdaderamente funcionaría con una incorporación efectiva a la institucionalidad.

Por todo lo anterior gobernar no es una pendejadita. Muchos olvidan que la vida es problemática, los problemas se resuelven, pero la mayoría de las veces evolucionan o mutan y se siguen aplicando las mismas fórmulas de antaño como una receta de las abuelas. El comunismo de comienzos del siglo 20 llegó al poder en Rusia por las armas; el del siglo 21 pretende hacerlo por medio de influencias camufladas, infiltración institucional, tecnologías de control social a partir de elecciones fraudulentas con hackeo, monitoreo y manipulación desde La Habana como ocurrió en Venezuela. Se establecieron listas e identificación de votantes para una represión secreta y selectiva, o abierta, de quienes hubieran votado contra Hugo Chávez y Maduro.

En ese escenario demencial en las esquinas de Caracas vendían la lista de los que serían ‘purgados’ al mejor estilo comunista. También se usa el chantaje, la seducción de los incautos, asesinato, etc. Una carnada permanente es la de pertenecer a la burocracia del estado para actuar como un zapador mientras se obtiene el poder y un represor incondicional del régimen posteriormente. Y para ello leamos la excelente ilustración de la novela de Moisés Naím “Dos espías en Caracas y el artículo de Semana ‘Llegaron los rusos’ (Edición 1916) en el que “Espías rusos en Colombia y militares y mercenarios de Putin en Venezuela configuran un teatro de operaciones de guerra fría entre los dos países.”Para quienes desprecian la ficción, les comunico que esa ‘ficción’ es lo primero que leen los servicios de inteligencia para extraer ideas de represión, de engaño, etc. Pero si usted quiere tener una excelente idea del reto realista de la gobernabilidad de los países en el escenario de guerra fría actual léase el artículo de Moisés Naím “Seis toxinas políticas que cambiarán el mundo” (El Tiempo 03/31/19) y juzgue si ese no es un escenario posible entre Colombia y Venezuela con el apoyo de enemigos internos. Entonces gobernar en Colombia tiene varias dimensiones:

1. Hacerlo para el sector patriótico, democrático y productivo.

2. Pretender negociar con el enemigo interno con sus diferentes máscaras y estrategias que han fracasado como socialistas, pero no tienen nada mejor para remplazar el neoliberalismo de mercado que critican. Es el frente de los ‘intelectuales’ de izquierda.

3. Enfrentar o desmentir a los independientes ‘sabios de la tribu’, los Tartufócratas que se creen los ‘realistas’ impolutos con objeciones para todo, que pretenden darnos lecciones sobre maternidad de gallinas. Les importa un carajo la derecha o la izquierda; su negocio es ser diferentes, así se identifiquen como camaradas o chauvinistas a ultranza, para opinar desde el extranjero cuando la cosa se pone brava; o convertirse en el asesor de un proceso de paz sencillamente por sus viejas amistades con las Farc, como es el caso de Álvaro Leyva. Son los mercenarios profesionales de las teorías. Se van con el mejor postor.

4. Existen también los opinadores de conveniencia de poco peso mediático. Muchos aduladores de Chávez hoy ejercen oposición desde Miami. Y una perlita de este universo de oportunistas: El 11 de marzo de 2007, ante los asistentes del simposio Los Partidos Políticos y una Nueva Ciudad en Ciudad de México, Piedad Córdoba dijo: “Los gobiernos progresistas de América Latina deben romper relaciones diplomáticas con Colombia.” Hoy medra por ahí en espera de su oportunidad para hacer bulla. Siendo, junto con las Farc & Co incondicionales de Chávez, ya no se les ve al lado de Maduro.

5. También hay que enfrentar a los organismos del billete; a los amigos gringos, a la CPI, los opinadores internacionales que organizan ‘la paz’ a su manera, etc. Eso es gobernar a Colombia.

Por contraste, para entender lo que es la soberanía que verdaderamente gobierne un país hago esta pregunta: ¿Le afectan a Trump los millones de intentos de desprestigio, intriga, trampas, investigaciones, mentiras que dice o no dice, su talante moral, si es mujeriego o no, si está o no quebrado, etc.? Nada de eso lo afecta. Porque al hombre hay que condenarlo y sacarlo del poder mediante un juicio, no por el capricho, el chisme, la amenaza de los medios que es una versión del poder del ‘estado profundo’ como lo llaman en EE UU; o ‘el gobierno en la sombra’ como lo conocemos por estos andurriales. Eso se llama la soberanía de la ley de la que hablaba el jurista, político, filósofo, escritor y orador romano Marco Tulio Cicerón 50 años antes de Cristo. Ese es el imperio de la ley que juzga; no el imperio del mal que sojuzga. Aquí quieren tumbar al Presidente Duque a base de chismes, pendejadas, mingas y tartufos, olvidándose que el imperio de la ley, se sepa o no, es un principio meta-jurídico, un ideal ético-político que permea las diferentes culturas de occidente y sus sistemas jurídicos. Por lo que esas personas SABEN que están equivocadas, pero siguen cañando.

Ahora bien, el tema de gobernabilidad contemporánea es tan complejo que estudiarlo desde la academia ha sido el asunto de especialistas, por lo que pertenece al mundillo esotérico de la política de los que llaman asesores. Generalmente son expresidentes que triunfaron o fracasaron en mantenerse con prestigio y lo hicieron porque se confundieron o diferenciaron los diferentes elementos del poder.

¿Por qué fracasan algunos? Porque confunden poder con imagen. Entonces el ‘asesor’ astuto le vende al candidato presidencial su fórmula mágica para los diferentes ingredientes del poder: cómo generar credibilidad; mostrar su capacidad y dedicación al trabajo con eficiencia y responsabilidad. Presentarse como el ícono de la rectitud y honradez. Saber posar mediante las fórmulas, posiciones y ángulos de simpatía y todos los aspectos que potencien su discurso, su apariencia, su carisma, si lo tiene. Con ‘Aló, presidente’, Chávez embaucó a un país con esa fórmula castrista, pero tenía el aparato represor detrás de él. Son estrategias de mercadeo de imagen que usan tanto los camaradas como los capitalistas, al igual que el empedernido Tartufo. Pero estas ‘fórmulas’ son puestas a prueba mediante la autenticidad de la persona, la verdad, la realidad insoslayable, y ahí es donde se demuestra el verdadero poder realizador del dirigente, mediante su transparencia, o su potencial o real peligrosidad.

Como un ejercicio pedagógico comparativo propongo algunas preguntas para, debido al cambio de escenarios en el 2019, juzgue usted qué clase de poder es el que se necesita en la presidencia con el obvio respaldo de las Fuerzas Armadas. Compare sus respuestas sobre Duque con las que usted daría para Santos o Maduro y concluya en dónde hay más posibilidad de gobernabilidad y confianza, siendo esta la piedra fundamental en la dirección de un país. (Pongo mis apreciaciones en paréntesis.)

¿Cómo es la relación de Duque con los superiores, los otros poderes de la democracia, sus iguales, amigos y el electorado potencial? (Veo que Duque tiene una relación transparente.)¿Oculta el presidente sus intenciones?(No. Las ha expresado, así representen un compromiso difícil que se esfuerza en llevar a buen término.) ¿Es de los que otros hacen el trabajo y él se lleva el mérito?(No. Recorre el país y le pone el pecho a los problemas. No se deja chantajear por la minga.) ¿Es su ‘generosidad política’ selectiva o se puede confiar?(Muchos del Centro Democrático no están en el gobierno porque Duque es independiente en su criterio. No es amiguero.) ¿Es un amigo de Colombia, un espía de intereses ajenos al país, o parte de un cuestionable gobierno en la sombra?(Yo digo que es un amigo.) ¿Cómo es su conducta con el supuesto enemigo en diferentes circunstancias?(Es conciliador si ese es el talante que encuentra; pero no ha dudado en enfrentársele al régimen de Maduro.) ¿Cuál es su capacidad real de ser un agente de terror sutil o impredecible? (Hago la pregunta porque en cierto momento fuimos amenazados por Santos con la guerra urbana de las Farc, si no se firmaba la paz; y por Jaramillo con su ‘mala noticia’ de que en la Fiscalía había miles de expedientes por paramilitarismo contra miembros de la sociedad civil. El Presidente Duque no ha mostrado esa capacidad de daño miserable.)¿Se compromete de verdad con alguien?(Lo está probando.) ¿Se aprovecha de la necesidad de las personas de creer en algo o es un auténtico representante de lo que predica? (No explota la credibilidad de las personas; el presidente es transparente.) ¿Juega con las esperanzas de las personas?(No.)Las respuestas a estas preguntas le darán a usted el perfil de la clase de poder que ejerce el Presidente Duque.

Estos y muchos otros exámenes de pensamiento crítico son necesarios para saber qué esperar del Presidente Duque para evitar caer en las elucubraciones mediáticas del Tartufo de turno. Por eso Molière, el creador del personaje, nos devela la clave del impostor:

"El ridículo", escribió, "es la forma exterior y sensible en que la providencia ha unido a todo lo que es irracional para hacerlo ostensible y enseñarnos a huir de esa persona. Para exponer el ridículo hay que conocer la razón de lo que se dice o hace; si no la hay, debemos averiguar por qué; esa ausencia siempre señala al impostor. Se produce en toda mentira, disfraz, pillería, disimulo; en toda apariencia diferente del fondo; en fin, toda contradicción entre acciones que proceden de un mismo principio que es esencialmente la ridiculez de lo que se pretende.”

Como es bastante inverosímil pretender sustituir la realidad con una teoría, pero habiendo adquirido la ‘intelectualidad’ un gran prestigio en nuestro paradigma occidental de ver las cosas, el engaño político de los tartufos abunda en todas partes. Por eso en la vida contemporánea viene calando el concepto de transparencia como una política pública que relaciona al Estado con los ciudadanos, sin mentiras, componendas, engaños, para que el ejercicio del poder sea democrático contribuyendo así a la gobernabilidad de la sociedad contemporánea. Este ideal requiere que TODAS las instituciones del Estado asuman un rol responsable con el fin de garantizar que el acceso, la apertura, y la visibilidad sean los atributos de una vida comunitaria sana y productiva. Para ello el derecho a la información debe consolidarse en favor de los ciudadanos que son el centro del quehacer político, no solamente las víctimas. Así podremos ver la certidumbre que hace posible la confianza en el Estado y con ello la plenitud de la existencia, resolviendo los problemas en una sociedad abierta y deliberativa con el propósito de que los gobernados puedan vigilar y controlar a los gobernantes. Sobra decir que los tartufos no quieren eso porque son impostores.

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